sábado, 2 de enero de 2021

Los frenos del tiempo

 Una mente brillante como la de Albert Einstein imaginó hace más de 100 años una sencilla caja espejada en sus caras interiores que reposaba dentro del vagón de un tren y que viajaba sin un destino concreto más allá que el de su imaginación. Einstein visualizó cómo lanzando un haz de luz desde el fondo de la caja hacia su parte superior, éste rebotaría hacia el espejo opuesto que a su vez lo mandaría de vuelta al espejo del fondo y así sucesivamente. Hasta aquí la suposición en sí no encerraba mucho misterio pero la genialidad entró en juego cuando Einstein introdujo un punto de referencia externo que observaba lo que acontecía desde el andén. Cuando el tren se encontraba parado, los sucesivos rebotes del haz de luz dentro de la caja de resonancia tenían lugar en un eje vertical y esto ocurría tanto para un observador dentro del tren como para el que estaba mirando desde el andén. Sin embargo, cuando el tren en su mente se ponía en marcha a velocidades cercanas a las de la luz, la verticalidad del recorrido de la luz no era tal para el observador del andén debido a la alta velocidad horizontal del tren. El recorrido del haz de luz para el observador externo eran picos de sierra con mayor recorrido que el observado por el observador sentado al lado de la caja que sólo vería rebotes en el eje vertical. Einstein ya dedujo antes que la velocidad de la luz era constante e irrebasable y que por lo tanto, a una misma velocidad de la luz tanto dentro como fuera del tren, los dos observadores verían una misma distancia espacial recorrida por la luz hecha en tiempos distintos, es decir, experimentarían un desdoblamiento temporal. Esto tendría implicaciones en su paradoja sobre los hermanos gemelos viajando uno de ellos a velocidades cercanas a las de la luz. El hermano viajero, a su regreso a tierra años más tarde, se encontraría con que su hermano que se quedó en tierra estaba más envejecido que él. Lo brillante de una mente como la de este genio es que sus teorías las inmortalizaba en tinta con complejas fórmulas que a la postre han resultado ser empíricamente correctas. 

Es cierto que para ver diferencias en este plano temporal se requeriría viajar a velocidades cercanas a la velocidad de la luz y esto es hoy por hoy inalcanzable tanto en la práctica como en el campo teórico, pero... ¿se podría poner freno al tiempo de nuestras vidas sin recurrir a estas velocidades interestelares? Me temo que nos podríamos encontrar ante una respuesta desafiantemente afirmativa.


A la vista de un ojo avezado, existirían dos tiempos interrelacionados pero diferenciados entre sí. Podríamos denominarlos como el tiempo físico y el tiempo biológico. Mientras que el primero viene acompasado por un reloj universal que gobierna la materia inanimada, el segundo sería más bien un tiempo biológico que rige sobre la materia estructurada del carbono, es decir, la vida que acontece en nuestro planeta. El puente tendido entre estos dos mundos temporales lo formaría la precisa decaída del inestable isótopo radiactivo carbono 14, un maestro de orquesta perfecto para marcar los tiempos de la historia de nuestra humanidad. 


Como hemos visto anteriormente, Einstein demostró teóricamente que se podría modular el paso del tiempo físico si nos embarcásemos en viajes a velocidades cercanas a la velocidad de la luz. Sin embargo, basta con cambiar la frecuencia vibracional de las moléculas para poder parar el tiempo biológico. La temperatura es un concepto directamente relacionado con la vibración molecular y cuando ésta es baja, el tiempo biológico se puede reducir de forma que podemos llegar casi hasta pararlo. Así, podemos modular el tiempo biológico ralentizando las transferencias de electrones y las actividades moleculares de modo que al bajar la temperatura podemos frenar procesos oxidativos y de tráfico molecular dentro y fuera de nuestras células. Para esto debemos de tener en cuenta que el agua es como el tren que transporta nuestras moléculas, si acaso un tren algo más húmedo y ubicuo que el que propuso Einstein. Si conseguimos detener este tren, conseguiremos detener el tiempo biológico. Contrariamente a lo que mucha gente pueda pensar, el hecho de que un pollo esté congelado y rígido recién salido de un congelador doméstico de -20ºC, no significa que todo el agua en su interior esté hecha hielo. Incluso en el interior de células congeladas a -80ºC existe un tren lento de agua en fase líquida que permite aún un metabolismo muy ralentizado. 


Lo que acabo de exponer es algo así como un cambio en el plano temporal como el observado en la paradoja de los dos gemelos de Einstein pero usando un sencillo congelador en vez de un cohete yendo a vertiginosas velocidades galácticas. Se estima que hace falta llegar a temperaturas de 130ºC bajo cero para no encontrar trazas de agua líquida dentro de las células y detener así el tren del transporte metabólico. Dentro del nitrógeno líquido podemos llegar a temperaturas que rozan los 200ºC bajo cero hallando remansos de inmortalidad para nuestros tejidos orgánicos. Sin embargo, hasta en estas extremas temperaturas encontramos un efecto idílico que nos conecta con nuestro todopoderoso universo, y es que los científicos han visto que incluso esta quietud molecular se ve levemente alterada por la radiación de fondo generada por el Big Bang. Claro que esta leve radiación cósmica sería el menor de nuestros problemas en una situación de criogenia de nuestro cuerpo, donde sólo sacamos un billete de ida y el billete de vuelta está aún por imprimir.


Vemos por lo tanto que hasta ahora hemos descubierto dos formas distintas de frenar el tiempo. Una requiere de grandes espacios estelares para viajar a velocidades cercanas a la de la luz y la otra por el contrario requiere espacios tan diminutos como angstroms donde se resuelve la incansable vibración molecular.  Y es así como se pasa el tiempo de nuestras vidas, dictado no por un reloj suizo sino por un febril trasiego molecular a la sombra de nuestro astro rey que toca el tambor del tiempo.



domingo, 19 de abril de 2020

De cómo un solo átomo podría cambiar el mundo que conocemos.


   La muerte tiene muchas caras, pero cuando se acumula nos visita en forma de fumarolas urbanas, crematorios que no paran de fundir millones de recuerdos y nostalgias en cenizas. No creo que debamos soplar una sola ceniza de sus memorias ni apartar los ojos de la fría realidad de estos duros días. La pandemia avanza cruelmente a lo largo de toda la curvatura terráquea, nuestros dirigentes la esperan con la guardia baja, los telégrafos del 2020 no funcionan, la inteligencia colectiva de nuestro sistema social fracasa frente a la inteligencia individual, más amparada ésta por el sentido común. Se ha formado un terreno abonado para las tormentas políticas, las tormentas mediáticas y las tormentas de citoquinas. La ciencia se ha colado en el vocabulario del pueblo y a la persona más humilde le asaltan dudas que hasta ahora sólo eran formuladas por los científicos, quienes han comenzado una carrera frenética contra un enemigo invisible. Con aproximadamente una millonésima de milímetro, al SARS-CoV-2 se le podría considerar como un sonajero biológico por su simpleza. Tan solo consta de unas desconocidas espículas que brotan de una cápsula proteica que a su vez alberga una cadena simple de ARN. Este macabro sonajero es el mal reducido a su mínima expresión. Las espículas amenazan con una proteína que hace de ariete al aferrarse a nuestros epitelios del tracto respiratorio para infectarlos y debido a esta propiedad la hemos denominado la proteína Espiga. Los científicos saben que, si introducimos en nuestro cuerpo solamente esta proteína sin el virus, nuestro sistema inmune la neutralizará la próxima vez que venga acompañada del virus y así quedaremos inmunizados. Y es así como las instituciones científicas más prestigiosas de todo el mundo se lanzan a hacer una copia exacta de la proteína Espiga que recorrerá el cenagoso camino de los ensayos clínicos para así salvar miles de vidas.
Y mientras los ojos del mundo están hoy puestos en estas vacunas salvadoras, un humilde pescador indio del estado de Kerala llamado Kumar, salía a pescar una temprana mañana de enero tan sólo unos días antes. Desde su bote divisaba cómo las montañas revestidas de verdes cafetales y plantaciones de té se elevaban por encima de los cocoteros anclados en playas de fina arena blanca. Al acabar la jornada Kumar no se encontraba bien y cuando su cuñado fue a recogerle al día siguiente para ir a pescar como cada mañana, Kumar presentaba una tos seca y una ligera fiebre. Sin saberlo, su cuerpo estaba multiplicando exponencialmente un coronavirus que como un perfecto efecto mariposa acababa de surgir en un distante mercado chino. Cada uno de los miles de virus que Kumar tenía dentro, llevaba incorporado una orden de replicación y al mismo tiempo, se valía del andamiaje citoplasmático de las células del pobre pescador para ir añadiendo de uno en uno los 29.903 nucleótidos necesarios para generar el ARN de un nuevo virus. Por supuesto que este sistema de replicación no era del todo perfecto y de tarde en tarde, o se saltaba un nucleótido o incorporaba uno equivocado. Esto producía mutaciones que en gran medida o no trascendían al comportamiento final de los nuevos virus formados o se traducían en una pérdida de función importante y ese virus recién formado se extinguía de inmediato. Sin embargo, hubo un solo virus en el cuerpo de Kumar que incorporó un nucleótido equivocado y su resultado fue un cambio muy sutil en su proteína Espiga, pero dicha mutación no impidió seguir infectando a la gente del pueblo de pescadores.
A mediados de abril, científicos indios secuenciaron el genoma de un coronavirus de una muestra tomada hace tres meses en Kerala. Un análisis computacional de la estructura de la proteína Espiga de esa muestra concluyó que a la proteína le faltaba tan sólo un enlace de hidrógeno y esto hace que su conformación tridimensional adquiera la suficiente deformación como para ofrecer una estructura distinta a la estructura de Espiga en la que la comunidad científica está trabajando en la actualidad. Este hecho científico pone en evidencia cómo un solitario átomo de hidrógeno de un virus mutado de Kumar pudiera poner en peligro todo el desarrollo internacional de vacunas contra COVID-19. Será difícil que ocurra, pero si esa cepa incontrolada se hubiese extendido silenciosamente desde enero, los esfuerzos de los científicos centrados en una proteína parecida pero ligeramente distinta, podrían ser en gran parte fútiles, frustrando los anhelos y esperanzas de nuestra sociedad.
Es muy posible que el efecto mariposa más sobresaliente que haya conocido la humanidad hasta ahora sea el reciente contagio de una única persona con un virus en el mercado chino de Wuhan. Un leve batir de alas inicial ha levantado su fatídico polvo de mariposa extendiéndose como una onda expansiva a nivel global. Y por si esta serendipia no fuera suficiente, podríamos estar ante un hecho aún más sorprendente al que bien se le podría denominar “efecto átomo”. Parece que un único átomo de hidrógeno de todo nuestro universo, en su mayor simpleza e inocencia cuántica, guardaba con recelo un potencial inmenso que esperemos no lo muestre nunca.

sábado, 21 de marzo de 2020

LOS INMUNES QUE DEN UN PASO AL FRENTE


Hoy la primavera ha entrado vestida de luto. En apenas un mes hemos acumulado más de 1300 muertes sólo en España. La parte más afable y vulnerable de la sociedad está cayendo en acto de servicio cuidando de sus nietos o acurrucados en sus asilos esperando a que el silencioso virus llame a su puerta antes de tiempo. La progresión de muertes diarias es alarmante y lo peor es que todo indica que muchos de ellos no podrán ser atendidos en los hospitales durante las próximas semanas. Mientras nuestros sanitarios sofocan fuegos con lágrimas y en condiciones adversas, nuestros gobernantes actúan torpe e ingenuamente intentando poner medidas paliativas, pero sigo sin acertar a ver medidas previsoras. Sólo hay una forma de luchar con éxito ante un enemigo que tiene una expansión brutal y ello pasa por anticiparse a lo que va a venir. Hoy mejor que mañana es momento de aportar soluciones, de anticiparse a la bestia, de coger el toro por los cuernos para no tener que hacer análisis a toro pasado. Hoy sería ya hora de implementar un plan de choque donde nuestros inmunes jueguen un papel fundamental en la primera línea de fuego. Tendría sentido implementar un aislamiento hermético de los más vulnerables con unas penas muy elevadas a quien ponga en riesgo a este colectivo. El gobierno tendría que estar haciendo ya una base de datos a nivel nacional de personas ya inmunes al COVID-19. Todos aquellos sospechosos de haberlo pasado tendrían que someterse a las infalibles pruebas serológicas e ir engrosando esta base de datos. Las personas ya inmunes serían las únicas encargadas de cuidar a los más vulnerables, siguiendo aún estrictas medidas de desinfección y prevención antes de entrar en contacto con ellos. Sólo un aislamiento riguroso de los más vulnerables con los inmunes al cargo de su cuidado podrá evitar muertes innecesarias hasta que llegue la ansiada vacuna o terapia. Y sí, bajo estas estrictas condiciones, se podría abogar por una inmunización natural y escalada de la población que debería rehacer su vida lo antes posible para así reactivar la economía y que no nos coma el hambre, no vaya a ser peor el remedio que la enfermedad.

domingo, 15 de marzo de 2020

PANDEMÓNIUM, Un novedoso plan de choque contra el coronavirus; si no puedes combatir a tu enemigo, únete a él.


El COVID-19 es un organismo mil billones de veces más pequeño que nuestro planeta y aún así nos ha ganado la batalla en menos de tres meses. Justo en el momento cuando nos creíamos más fuertes, en plena embriaguez tecnológica, en medio de punteros avances científicos que nos situaban en la frontera del 2020, en pleno alarde de poderes fácticos y bélicos, un microorganismo de tan solo unos 100 nm de diámetro ha logrado desarmarnos y vencernos de manera silenciosa y sin propaganda política. Cualquier otro enemigo convencional no hubiese logrado noquear el statu quo mundial en tan poco tiempo y sin intendencia alguna. Un golpe magistral de un nano-enemigo parapetado en una cápside que contiene un genoma inocente en sus intenciones, pero devastador en sus conquistas.
Una vez tildado al enemigo de pandemia, dos han sido las actuaciones principales de los numerosos gobiernos afectados a nivel global. La primera actuación ha sido de tibieza y la podríamos denominar como `contención pasiva´ dado que no se han puesto demasiados medios en un escenario epidémico incipiente y el coronavirus ha campado a sus anchas entre anfitrión y anfitrión. La segunda actuación sería una `contención activa´ en cuyo caso se han puesto y se pondrán medidas coercitivas más severas para intentar frenar el avance de este indeseado huésped. El exponente máximo de esta `contención activa´ lo encontramos en China donde severas medidas represivas parece que han logrado de momento detener el impetuoso afán conquistador de COVID-19. Aún si esto fuera así y en el mejor de los casos, cada vez que exista un diminuto brote futuro del virus, será como volver a empezar de nuevo la `estrategia Wuhan´ con los costes socioeconómicos que ello conlleva. Pero lo que parece evidente es que el mundo occidental no puede intentar erradicar esta pandemia siguiendo una `estrategia Wuhan´ por muchos estados de alerta o de emergencia que se apliquen. Cuanto antes nos concienciemos de que este nuevo virus ha venido para quedarse, como tantos otros, antes nos repondremos social y económicamente. A nadie se le escapa ya el hecho de que el número de infectados es parcialmente dependiente del número de tests realizados y que por lo tanto los datos oficiales de cualquier país son tan solo la punta del iceberg de un problema enmascarado. Una vez aceptado al nuevo huésped entre nosotros, se trataría de integrarlo de manera controlada para que nuestra parte más vulnerable de la sociedad no absorba el principal frente de onda. Esto es en esencia lo que se está pretendiendo hacer con las `contenciones activas´ que operan ahora en los diversos gobiernos incluido el nuestro. De otra manera, pretender que podemos erradicarlo de la faz de la tierra, sería tan iluso como falso por motivos evidentes tal y como nos lo han demostrado otros familiares suyos como sus primos influenza o SARS.
Cabría sin embargo una tercera estrategia defensiva de la que aún no he oído hablar y que propongo aquí y ahora porque en mi modesto intelecto, creo que podría contribuir a proteger a nuestros afables mayores y demás personas de riesgo. La denominaré `Pandemónium´ porque en contraposición a la estrategia actual de `contención activa´, sería una `infección activa´ pero controlada del virus y esto sin duda podría levantar grandes controversias sociales y por lo tanto hacer cimbrear cualquier temblorosa mano política. Para poder respaldar una osada teoría como la de la `infección activa controlada´, hemos de partir de premisas con peso específico, como que la población de mayor riesgo es la que está en edad avanzada y con patologías preexistentes y, por el contrario, la población sana y joven tiene una sintomatología leve o inapreciable. La ansiada vacuna ya existe y la produce nuestro cuerpo de manera natural y exitosa cada vez que nos infectamos y nos recuperamos. Es por ello que todas las personas que han contraído la infección hace unas pocas semanas, ya están vacunadas y sólo experimentarían algún episodio potencialmente leve de recaída en el caso de que el virus mutase en un posterior contagio.
Una persona con inmunidad ante el coronavirus deja de ser portadora, pues nuestro sistema inmune se encarga de eliminar cualquier incipiente abordaje viral a nuestro cuerpo de una manera inmediata y fulminante. Esto significa simple y llanamente que incrementando el porcentaje de personas inmunizadas en la población sería sinónimo de edificar una barrera de contención hacia la propagación de los más vulnerables que son a la postre el eslabón más débil de todo este problema. Una sutil carga viral controlada, que pudiera ser también del virus desactivado/atenuado, en voluntarios sanos que pertenezcan a un rango de edad entre 18 y 50 años, significaría que la lucha se llevaría a cabo entre el pueblo elegido y los restantes tal y como rezan las antiguas versiones del mito del pandemónium. Mantener en cuarentena a estos nobles `elegidos´ sería más práctico y eficaz que pretender implementar una seudo cuarentena ficticia y colectiva a 47 millones de almas. Si hemos llegado hasta aquí es porque la naturaleza ha seleccionado sólo a los más fuertes. Ahora se trata de explotar esos procesos que han resultado ser exitosos después de millones de años de evolución y ponerlos a nuestro servicio.
Si alguien me escucha ahí fuera en la vasta llanura cibernética, humildemente ofrezco mi insignificante cuerpo al temido Pandemónium.

jueves, 26 de diciembre de 2019

Un pasado descomunal, un presente afilado y un futuro infinito.


Si el presente se nos presentase de forma material, sería sin duda el objeto más afilado del mundo. Nuestras modernas cámaras de alta velocidad nos muestran vívidamente incontables planos fotográficos casi clónicos pero con minúsculas variaciones que se suceden en un presente determinado y en teoría entre dos de estas secuencias cabrían a su vez otra infinidad de fotografías más sin que nuestro ojo pudiese discernir las minúsculas diferencias entre ellas. Sin ser conscientes de ello, vivimos constantemente en un plano infinitesimal que en aras de la cordura, es incapaz de ser integrado en nuestro cerebro.

Hace ya unos 2430 años, el griego Zenón de Elea desafió a sus pensadores contemporáneos introduciendo una paradoja por la cual aseguraba que el mismísimo Aquiles apodado “el de los pies ligeros” nunca podría dar caza a una humilde tortuga.  Éste se veía tan triunfalista que decidió dar una amplia ventaja a la tortuga, de forma que él saldría de un punto A y la tortuga de un punto B que estaría notablemente más adelantado. Con lo que no contaba Aquiles es que para cuando éste llegase al punto B, la tortuga ya habría recorrido cierto espacio, encontrándose ésta ya en un punto C. Para cuando Aquiles llegara al punto C, la tortuga ya estaría en un punto D y así sucesivamente sin llegar nunca a ser alcanzada. Esta paradoja nos ilustra que tanto el espacio como el tiempo se pueden teóricamente dividir de manera infinitesimal sin límites conocidos. En la práctica sin embargo sabemos gracias al cálculo infinitesimal que una suma de infinitos términos puede tener un resultado finito y que por lo tanto nunca llegamos a caer en el abismo del segundo.

Si quisiéramos trasladar la paradoja de Zenón a dimensiones de nuestro universo presente, el resultado podría ser un tanto singular. Nuestro universo está en una continua expansión a velocidades aditivas descomunales pero supongamos por un momento, por simplificar, que la velocidad de Aquiles fuese la velocidad de la luz sin contar con el fenómeno expansivo y que la velocidad de la tortuga fuese la misma que lleva nuestro planeta alrededor del sol. Imaginemos que el punto de salida A fuese el preciso punto del Big Bang y la ventaja dada por Aquiles fuesen los 14000 millones de años de existencia del universo conocido. Si hipotetizamos que nuestro planeta con su caparazón a cuestas hubiese estado viajando en línea recta expansiva a 30 km por segundo, al raudo del Aquiles galáctico le llevaría menos de un millón y medio de años en recorrer del punto B al punto C, pero quizás nos sorprenda saber que sólo le costaría cuatro milésimas de segundo en recorrer del punto F al punto G y apenas media millonésima de segundo del punto G al punto H.

Nuestro exiguo abecedario tan sólo llega hasta la letra Z pero ni siquiera haría falta seguir haciendo cálculos para darnos cuenta de que el limitado concepto que tenemos de nuestro finito tiempo no es el adecuado para entender la grandeza del universo ni a escalas grandes ni a escalas pequeñas y lo mismo pasaría con el espacio, ya que forman un binomio inseparable en nuestra nimia mente. Es muy probable que paradójicamente, la explicación más certera que pudiera arrojar algo de luz sobre los profundos secretos de nuestro universo estuviese basada en argumentos cargados de irracionalidad, dado que la razón no parece que vaya a ser la herramienta más efectiva en ofrecernos respuestas. No en vano, la ciencia moderna se va cargando de irracionalidad a medida que evoluciona el ser humano, pues sólo haría falta preguntar a Leonardo Da Vinci qué opinaría hoy en día de la materia oscura, el positrón, el bosón de Higgs o de la mismísima anti-materia.

martes, 23 de abril de 2019

Un devenir caprichoso


Hace 13,7 mil millones de años, año arriba año abajo, no había materia, no había espacio, no había tiempo; todo lo que nuestras simples mentes pueden llegar a hipotetizar es la ridícula existencia de un ente más pequeño que un átomo pero con la soberbia inimaginable de albergar absolutamente toda la energía futura del universo. Era un todo y un nada, un absoluto ridículo de extremos, ahora sólo soportado por palabras. Todo ese colosal ente energético de universo decidió reventar y en tan sólo un fragmento de tiempo casi infinitesimal ya ocupaba un espacio mayor al de una galaxia. Desde entonces nunca dejaría de expandirse y la energía se convirtió por primera vez en materia. Durante miles de millones de años, lo único que existieron fueron electrones que a modo de peonzas giraban alrededor de protones de manera compulsiva, quién sabe si por el efecto de aquella mega explosión que ahora llamamos Big Bang. Lo cierto es que se consolidó un emparejamiento idílico y eterno que bien podríamos llamar amor cuántico. Quiso el tiempo que unas criaturas descendientes de aquella materia primogénita llamasen a esa primera pareja cuántica átomo de hidrógeno. Y así, en el principio de los tiempos sólo existía hidrógeno salpicado de manera muy azarosa y únicamente moldeado por una todopoderosa fuerza gravitatoria. Las crecientes polvaredas de hidrógeno se fueron acumulando hasta formar juveniles estrellas que ganaban en peso a medida que engullían este material a modo de rumiantes cósmicos. Cuando se hicieron lo suficientemente adultas, su sobrepeso generó una presión tan grande en sus corazones que las parejas de protones y electrones se vieron obligadas a promiscuirse con otras parejas y se fusionaron formando helio. Esta fusión elevó la temperatura a millones de grados y como la presión siguió creciendo sin parar, ambos efectos produjeron que el helio también se fusionase, produciendo litio.  Este caldo de cultivo estelar era perfecto para producir átomos que nunca antes habían visto la luz en el universo y la reacción en cadena de estas fusiones de átomos sencillos originó átomos de mayor porte electrónico tales como el carbono, el nitrógeno o el oxígeno. Las estrellas ya comenzaron a ser por aquel entonces factorías de átomos, acumulando la energía existente en forma de elementos estables bien empaquetados. Sin embargo, habría otros átomos que tardaron más en ser producidos debido a que las estrellas carecían de la presión y temperatura suficientes para su generación. Un día muy concreto en un punto muy remoto del universo, explotó por primera vez una estrella que había fagocitado la mayor parte del hidrógeno que utilizaba como combustible nuclear. Había cogido una densidad insoportable y por ello sus hijos, millones de años después, la bautizarían con el infame nombre de enana blanca. La anciana estrella entonces, cansada de soportar tal densidad, reventó de manera brutal generando una supernova. Las supernovas son la mayor manifestación de violencia que existe en todo el universo y son fenómenos tan escasos como notorios, no pasando desapercibidas en la silente historia de las galaxias. Es gracias a la fuente de energía extra que se genera en estas megaexplosiones, que se pueden forjar elementos más pesados como el cobre, el hierro, el uranio, la plata o el mismísimo oro. Su escasez sin duda es reflejo de la extrema timidez con la que hacen acto de presencia las supernovas. Así se formaron todos los elementos que conocemos hoy en día pero no fue hasta algo menos de 4000 millones de años que el azar y las leyes físicas dejaron de ser el empaquetamiento estándar de la materia del universo y algo que hoy llamamos VIDA, se encargó de empaquetarla de forma sumamente caprichosa. Esta novedosa definición de vida evidencia una simplificación extrema, pero responde tan sólo a parámetros de relaciones físico-atómicas, donde el elemento carbono es claramente un elemento conciliador entre las interacciones de sus hermanos los átomos. Seguro que habrá muchas vidas ahí fuera, o en otras palabras, otros empaquetamientos de la materia no dejados al azar, pero la nuestra comenzó en un recóndito paraje planetario, a la sombra de un astro todopoderoso. Nuestro planeta, como tantos otros, flotaba en bálsamos de sosiego al amparo de la respiración de su progenitora estrella, pero a su vez, lejos de sus convulsivos y abrasadores estornudos. Y es así, a fuego lento, como este planeta condensó su preciada agua bajo el inocente influjo de nuestro sol, del cual, como si de un instinto paternal se tratara, ya nunca nos separaríamos.

martes, 18 de septiembre de 2018

Un paso de cebra cruza nuestra psique


 Resulta sorprendente observar cómo unas sencillas bandas blancas sobre el asfalto pueden revelar una información tan íntima como la propia psique de la persona. Por ejemplo, con la misma inconsciencia que cruzaría la calle un impetuoso perro  con los pelos al viento, lo haría la inocencia pueril recogida en una criatura de tres años de vida sin cuidado parental. Claro que una vez superado el uso de razón,  son muchos los factores que modelan  la actitud mostrada ante un paso de cebra. Estas actitudes se han puesto de manifiesto en nuestro país tan sólo hace un puñado de años, ya que antes muchos coches optaban por norma no parar en pasos de  cebra y el instinto de supervivencia obligaba al ciudadano a optar por un ejercicio de prudencia. A medida que al conductor se le ha educado en un comportamiento más cívico al estar obligado a ceder el paso peatonal, el grado de respuesta del viandante ha sido a su vez más diversificado. Ciertos jóvenes en especial están sometidos a un mayor riesgo al anteponer sus derechos a sus obligaciones, sencillamente porque han crecido con una norma mucho más respetada que antaño y no son conscientes que están arriesgando sus vidas ante un potencial conductor negligente. Así, a muchos se les olvida que al igual que el vehículo tiene la obligación de cedernos el paso, nosotros también tenemos la obligación de mirar y sólo cruzar cuando es seguro.
Uno de los casos más negligentes podría ser ese adolescente enfundado en una capucha tipo cartujana de la cual cuelgan sendos cables de auriculares que conectan al móvil al que no quita ojo. No decelera la marcha y ensimismado en su pequeña pantalla sigue andando como quien anda por el desierto. El móvil es un clásico y no es que afecte a nuestra visión periférica, sino lo que es aún más preocupante, interfiere con nuestra visión frontal. Todo lo que se puede decir de este perfil es que sin duda alguna es un temerario que de seguir así no llegará a la vejez. Otro caso de negligencia se evidencia ante los ojos desorbitados de ese conductor que súbitamente ve cómo el cochecito de un niño es usado como ariete de algún padre descuidado que pone en serio peligro su propia descendencia. Este perfil encajaría perfectamente bajo asesinato en tercer grado por parte del padre, si no fuese porque el conductor tiene todas las de perder por no haber reaccionado en menos de un segundo a la súbita aparición de un cochecito de bebé detrás de una furgoneta aparcada al lado del paso cebra. Descendiendo la escalera de negligencia nos podemos encontrar con esa persona que mira directamente a los ojos del conductor en modo desafiante como si de un miura se tratara, al mismo tiempo que cruza la calle con determinación. Al margen de si el coche viene a la velocidad adecuada o no, este peatón antepone su derecho de cruzar a su derecho de vivir en un gesto de torero desafiante y carente de sentido común. El siguiente perfil tendría que ver con ese ánade y su rosario de patitos, de forma que el distraído padre se asegura cruzar de manera más o menos consciente pero deja detrás a su progenie entretenida a menudo con un juguete.
Por otro lado, en la parte opuesta de la acera podemos observar toda una combinación de caracteres que cruzan la calzada con la debida atención y prudencia y tendremos desde ciudadanos que no necesariamente interactúan con el conductor hasta los que agradecen gentilmente con la mirada, la sonrisa, o la palma de la mano, el simple hecho de cumplir con la obligación de ceder a su paso. Es éste último carácter el tesoro más preciado de una sociedad educada que se precie como tal y si tuviésemos que elegir a una persona con la que convivir en una isla desierta, es muy posible que un sencillo paso de cebra nos pudiera ayudar considerablemente en tan compleja decisión.