Para cerrar esta trilogía, es en este punto del soliloquio donde quisiera pasar a exponer la razón de toda esta palabrería para unos o disertación de un panorama político actual para otros. Si de verdad amásemos a nuestro país, fragmentado o sin fragmentar, atrasado o competitivo, moderado o progresista, lo que realmente haría falta es un CAMBIO DE SISTEMA. Un sistema donde se pueda votar a las partes y no a un todo. Es incomprensible pensar que por estar de acuerdo con una postura concreta en el tema de la energía nuclear, he de vincular mi voto a otra postura concreta en el tema del aborto. Sencillamente, ambos temas son inmiscibles y sin embargo, el voto emitido nos obliga a la vinculación de ambas posturas. Igualmente hay políticas laborales que nada tienen que ver con políticas sanitarias o con dejar de fumar en espacios públicos. Sencillamente, un ciudadano no tiene la libertad de elegir sus posturas concretas en temas relevantes. Tiene que elegir entre el todo o la nada, pero nunca las partes. Al ciudadano sólo le queda la opción de ser partidista, de enarbolar colores, de dividir al país en clichés de pensamiento cargados sin duda de historia, pero que hacen un flaco favor al progreso.
Once años después de la celebración del milenio, lejos de elegir un modelo de sociedad moderno, nos enfangamos más profundamente en contraposiciones de derechas e izquierdas que restan fuerzas como mínimo a los ánimos del ciudadano, por no hablar del discurrir del país. Creo sinceramente que sería más inteligente optar por un CAMBIO DE SISTEMA. Un sistema por el cual se pueda votar por bloques y mantener una postura determinada en política energética, otra en educación y otra en sanidad. Un sistema que permita elegir a la carta de un menú bien elaborado y que nos permita escoger lo que pensamos que es bueno de cada partido. Un sistema que permitiría la inclusión de pequeños partidos con grandes ideas. Un sistema que no potencie el poder, sino el saber hacer. Sin duda un sistema así representaría fielmente el perfil de una España plural. Un perfil bien nítido y definido en cada uno de sus bloques de gobierno. Un perfil que en vez de alternar entre el rojo o azul cada cuatro u ocho años, tendría un una impronta multicromática donde lo mejor de cada partido habría sido votado por el ciudadano. Una España gestionada por un Presidente sin corona de laureles ni de espinas, que supiese medir los tiempos e implementar y engranar un programa elegido democráticamente por un pueblo.
Muchos pensarán que esto es un pensamiento bonito pero utópico. En parte he de admitir la gran utopía que representa. Sin embargo, se me ocurre que el fenómeno de las redes sociales podría incluso romper utopías aunando fuerzas y en un futuro por qué no, hasta crear un partido político que promueva este CAMBIO DE SISTEMA y que obtenga poco a poco una concienciación social. Quién sabe, Matin Luther King tuvo un sueño que revolucionó todo un pensamiento sobre los derechos humanos y ni siquiera pudo echar mano de las redes sociales. Supongo que soñar no cuesta dinero…