No soy un apasionado de las manifestaciones. La única a la que recuerdo haber asistido en mi vida fue en mi época universitaria cuando aún tenía golondrinas por neuronas. Sin embargo tampoco soy contrario a ellas, pues con lo que nos tenemos que posicionar a favor o en contra es con el mensaje a transmitir y no con el mero hecho de manifestarse. Considero que una manifestación es como una bandera y que por lo tanto está compuesta por el asta y por la ancha y ondulante tela. El asta lo sujetan aquellas personas que directamente van a capitalizar el resultado de la manifestación. Estas personas inoculan el mensaje a transmitir incluyendo la letra pequeña grabada en el mismo asta pero que es el núcleo caliente y radioactivo que puede contener desde elementos sinceros y justos hasta manipulaciones interesadas que a la postre se nutrirán del caldo de cultivo proporcionado por la ancha y ondulante tela humana.
Sin duda soy de los que piensa que hay que valorar a la gente y creer en las personas independientemente del sexo, edad, credo o estatus social. De pensar todos así, se diría que el debate de género en el cual estamos inmersos carecería de sentido. Pero lo triste es que no es fútil, que todavía es necesario porque hay ciertos reductos aún por conquistar. Nuestra sociedad española está saliendo de un enraizado sistema machista patriarcal y ese paso es más dilatado incluso que el de nuestra transición política debido a que el éxito o fracaso de esta misión vendrá siempre determinado por las numerosas excepciones y no por un comportamiento general de la población. Hoy, 9 de marzo de 2018, creo que podemos decir que el bastión del comportamiento generalizado de la sociedad ha sido tomado y eso significa que vamos por el buen camino pero todos sabemos que aún queda mucho terreno farragoso por conquistar a nivel de guerrillas y escaramuzas por lo que a los mortales nos toca y a nivel legislativo por lo que a nuestros inmortales gobernantes respecta.
He de admitir que soy un amante de la letra pequeña grabada en el asta de las banderas. Nunca me he identificado con movimientos machistas ni feministas, ni siquiera con el léxico adoptado. Los contra-resortes o giros bruscos nunca fueron buenos. Quizás si acaso los ideales feministas de hace años sirvieron como detonante en otros momentos de nuestra historia donde la pólvora de la igualdad entre hombres y mujeres estaba aún muy húmeda. Hoy todos sabemos que no tiene sentido exacerbar ideas en una sociedad volátil más madura y moldeable. En otros tiempos, el concepto de feminismo se atribuía a mujeres movidas por ideas homosexuales o abortistas. El mismo diccionario R.A.E. no hace mucho definía feminismo como “Doctrina social favorable a la mujer, a quien concede capacidad y derechos reservados antes a los hombres" y ahora lo define como “Principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”, evitando así las palabras favorable y doctrina. Por lo tanto en estos últimos años se ha deslizado desapercibidamente la idea de que feminismo equivale a igualdad. Estoy en desacuerdo con este léxico. Esa denominación, inconscientemente nos lleva a plantear el problema en términos de dos bandos, mujeres y hombres, cuando realmente sólo hay uno, PERSONAS. Además, es un término en sí excluyente, pues los varones tendrán la dificultad de adoptarlo por razones etimológicas obvias, aún en cuanto una gran mayoría pudiera estar a favor de la igualdad entre sexos. Si la palabra igualdad define perfectamente el objetivo, ¿por qué no adoptarla? Dicho lo cual, no deja de ser una palabra, y lo importante aquí no es la palabra sino la acción.
En este sentido noto la ausencia de denuncias puntuales de brecha salarial en un mismo puesto de trabajo; pensé que nuestra constitución no permitía esto debido a la discriminación de sexos. ¿Hará falta legislar para poder penalizar a los empresarios algo tan obvio? ¿Por qué no se rema en este sentido? ¿Por qué no se obliga a empresas con un determinado número de trabajadores a abrir espacios de guarderías que pudieran estar subvencionadas por el estado para que los padres puedan conciliar mejor? ¿Por qué no cubrir con nuestros impuestos subvenciones hacia las sustituciones por baja parental o al menos dotar a las empresas con claros incentivos fiscales? Hay muchos por qués que surgen de mi ignorancia pero ciertamente creo que es donde habría que hincar el remo para seguir avanzando porque no es momento de dar mensajes globales, desorientadores o populistas, sino de una acción clara y puntual.
También creo que esta lucha nuestra está muchas veces mal enfocada e introduce elementos de despiste que flaco favor hacen hacia la igualdad entre sexos. Centrar el foco en variar la forma de comunicarnos las personas es a mi entender un error. La palabra "TODOS" es inclusiva y quien quiera defender que es lenguaje machista o que no hace la suficiente referencia a las mujeres, está creando un problema donde no lo hay y más bien tiene que ver en muchas ocasiones con un lenguaje populista de captación de adeptos para una causa política. Las mismas personas que defienden este tipo de lenguaje no son consecuentes con él en privado y a esa actitud se le denomina hipocresía. Hay palabras epicenas que nos gusten o no, hacen referencia a ambos géneros y la estrategia de atacar al lenguaje usado por el pueblo es tan débil que desgraciadamente da argumentos a las personas que no apoyan la igualdad con la vehemencia que deberían. Estoy sin embargo a favor de erradicar ciertos usos del lenguaje por otro léxico más inclusivo como por ejemplo sustituir expresiones como “el hombre” por “la humanidad” o “las personas”. En mi pueblo a esto lo llamaban sentido común, pero claro que no todo el mundo nació en mi pueblo.