Resulta sorprendente observar
cómo unas sencillas bandas blancas sobre el asfalto pueden revelar una
información tan íntima como la propia psique de la persona. Por ejemplo, con la
misma inconsciencia que cruzaría la calle un impetuoso perro con los pelos al viento, lo haría la
inocencia pueril recogida en una criatura de tres años de vida sin cuidado
parental. Claro que una vez superado el uso de razón, son muchos los factores que modelan la actitud mostrada ante un paso de cebra.
Estas actitudes se han puesto de manifiesto en nuestro país tan sólo hace un
puñado de años, ya que antes muchos coches optaban por norma no parar en pasos
de cebra y el instinto de supervivencia
obligaba al ciudadano a optar por un ejercicio de prudencia. A medida que al conductor
se le ha educado en un comportamiento más cívico al estar obligado a ceder el
paso peatonal, el grado de respuesta del viandante ha sido a su vez más
diversificado. Ciertos jóvenes en especial están sometidos a un mayor riesgo al
anteponer sus derechos a sus obligaciones, sencillamente porque han crecido con
una norma mucho más respetada que antaño y no son conscientes que están
arriesgando sus vidas ante un potencial conductor negligente. Así, a muchos se
les olvida que al igual que el vehículo tiene la obligación de cedernos el
paso, nosotros también tenemos la obligación de mirar y sólo cruzar cuando es
seguro.
Uno de los casos más negligentes
podría ser ese adolescente enfundado en una capucha tipo cartujana de la cual
cuelgan sendos cables de auriculares que conectan al móvil al que no quita ojo.
No decelera la marcha y ensimismado en su pequeña pantalla sigue andando como
quien anda por el desierto. El móvil es un clásico y no es que afecte a nuestra
visión periférica, sino lo que es aún más preocupante, interfiere con nuestra
visión frontal. Todo lo que se puede decir de este perfil es que sin duda
alguna es un temerario que de seguir así no llegará a la vejez. Otro caso de negligencia
se evidencia ante los ojos desorbitados de ese conductor que súbitamente ve
cómo el cochecito de un niño es usado como ariete de algún padre descuidado que
pone en serio peligro su propia descendencia. Este perfil encajaría
perfectamente bajo asesinato en tercer grado por parte del padre, si no fuese
porque el conductor tiene todas las de perder por no haber reaccionado en menos
de un segundo a la súbita aparición de un cochecito de bebé detrás de una
furgoneta aparcada al lado del paso cebra. Descendiendo la escalera de
negligencia nos podemos encontrar con esa persona que mira directamente a los
ojos del conductor en modo desafiante como si de un miura se tratara, al mismo
tiempo que cruza la calle con determinación. Al margen de si el coche viene a
la velocidad adecuada o no, este peatón antepone su derecho de cruzar a su
derecho de vivir en un gesto de torero desafiante y carente de sentido común.
El siguiente perfil tendría que ver con ese ánade y su rosario de patitos, de
forma que el distraído padre se asegura cruzar de manera más o menos consciente
pero deja detrás a su progenie entretenida a menudo con un juguete.
Por otro lado, en la parte
opuesta de la acera podemos observar toda una combinación de caracteres que
cruzan la calzada con la debida atención y prudencia y tendremos desde
ciudadanos que no necesariamente interactúan con el conductor hasta los que
agradecen gentilmente con la mirada, la sonrisa, o la palma de la mano, el
simple hecho de cumplir con la obligación de ceder a su paso. Es éste último
carácter el tesoro más preciado de una sociedad educada que se precie como tal
y si tuviésemos que elegir a una persona con la que convivir en una isla
desierta, es muy posible que un sencillo paso de cebra nos pudiera ayudar
considerablemente en tan compleja decisión.