sábado, 17 de noviembre de 2012

Los jardines de Dios

Si preguntásemos a una hormiga dónde está Finisterre, la respuesta sería previsible; seguiría andando igual que si no hubiésemos hecho la pregunta. Si preguntásemos a cualquier persona dónde está Sagitario A, la respuesta sería exactamente la misma, solo que con un juicio de valor añadido; intriga, desinterés, o incluso hostilidad ante la pregunta. Al igual que no podemos pedir a una hormiga que comprenda los confines sobredimensionados de un continente, tampoco podemos pretender entender nosotros los confines del Universo. Sencillamente es muy posible que a nuestras limitadas mentes les falte visión, parámetros, herramientas e incluso dimensiones  y muy probablemente nos sobre un sentido crítico fuertemente influenciado por el único tamiz conocido en nuestro micromundo, el concepto espacio temporal.

Sagitario A es el espacio que ocupa el centro de nuestra galaxia en donde se sabe ya con certeza que lo habita un agujero negro de dimensiones descomunales. El poder gravitacional de un agujero negro es tan elevado como concentrar toda la masa del planeta tierra en una pelota de golf. Impresionante sí, pero aún impresiona más saber que el agujero negro del corazón de nuestra vía láctea tiene unas dimensiones cercanas a nuestro sistema solar, es decir, que la luz si pudiera atravesarlo tardaría algo más de 12 horas! Y es que no es un agujero negro cualquiera, sino que pertenece a los denominados supermasivos, monstruos cósmicos con la autoridad de regir movimientos galácticos. Se dice que nacen de megaexplosiones de supernovas y crecen engullendo materia o incluso otros agujeros negros. El más grande que se conoce hasta la fecha se encontró hace ahora un año y se le estima la friolera masa de 21000 millones de masas solares. Las buenas noticias para nosotros es que parece que se encuentra en la constelación Coma, es decir a 336 millones de años luz. Claro que estas observaciones corresponden a eventos que pasaron hace 336 millones de años y por ello no son noticias muy frescas que digamos... La física cuántica afirma que no existe ni espacio ni tiempo dentro de las fauces de estos grandes desconocidos. Igualmente no se les puede ver por aquello de que se tragan incluso la luz. Tan sólo sabemos de estos todopoderosos por las fuertes influencias que ejercen sobre su entorno y por una majestuosa luz cósmica que les rodea, el quasar, la fuente de luz más fuerte y cegadora que se conoce en el Universo y que puede corresponder a dos billones de soles juntos... ahí es nada. 

Por un lado la ciencia moderna nos arroja todos estos datos y nos asegura que la creación de este Universo vino a raíz de un gran Big Bang. Por otro lado la religión nos habla de un Dios todopoderoso creador del Universo, en cuyo reino celestial no hay concepto de espacio ni tiempo, un Dios invisible del que ciertamente sólo sabemos de él por la influencia ejercida sobre el hombre. Con esto expuesto, es fácil hilvanar una atrevida frivolidad, así me perdonen los más creyentes, pero en esta sempiterna batalla de la razón humana donde las espadas de la ciencia y la religión continuamente baten el cobre del escudo de la fe, se diría que los agujeros negros cargados de silencio y discreción fueran sencilla y llanamente los jardines de Dios. 
Mañana, si sobrevivo a la hoguera, le pediré opinión a la hormiga de mi jardín, después de todo, su respuesta quizás sea la más acertada de las respuestas.