El COVID-19 es un organismo mil billones de veces más pequeño que nuestro planeta y aún así nos ha ganado la batalla en menos de tres meses.
Justo en el momento cuando nos creíamos más fuertes, en plena embriaguez tecnológica, en medio de punteros avances científicos que nos situaban en la frontera del 2020, en
pleno alarde de poderes fácticos y bélicos, un microorganismo de tan solo unos 100 nm
de diámetro ha logrado desarmarnos
y vencernos de manera silenciosa y sin propaganda política. Cualquier otro enemigo convencional no
hubiese logrado noquear el statu quo mundial en tan poco tiempo y sin
intendencia alguna. Un golpe magistral de un nano-enemigo parapetado en una cápside que contiene un genoma inocente en sus intenciones,
pero devastador en sus conquistas.
Una vez tildado al enemigo de pandemia, dos han sido las actuaciones principales
de los numerosos gobiernos afectados a nivel global. La primera actuación ha sido de tibieza y la podríamos denominar como `contención pasiva´ dado que no se han puesto demasiados medios en un escenario epidémico incipiente y el coronavirus ha campado a sus
anchas entre anfitrión y anfitrión. La segunda actuación sería una `contención activa´ en cuyo caso se han puesto y se pondrán medidas coercitivas más severas para intentar frenar el avance de este
indeseado huésped. El exponente máximo de esta `contención activa´ lo encontramos en China donde severas medidas represivas parece que han
logrado de momento detener el impetuoso afán conquistador de COVID-19. Aún si esto fuera así y en el mejor de los casos, cada vez que exista
un diminuto brote futuro del virus, será como volver a empezar de nuevo la `estrategia Wuhan´ con los costes socioeconómicos que ello conlleva. Pero lo que parece
evidente es que el mundo occidental no puede intentar erradicar esta pandemia
siguiendo una `estrategia Wuhan´ por muchos estados de
alerta o de emergencia que se apliquen. Cuanto antes nos concienciemos de que
este nuevo virus ha venido para quedarse, como tantos otros, antes nos
repondremos social y económicamente. A nadie se le
escapa ya el hecho de que el número de infectados es
parcialmente dependiente del número de tests realizados
y que por lo tanto los datos oficiales de cualquier país son tan solo la punta del iceberg de un problema
enmascarado. Una vez aceptado al nuevo huésped entre nosotros, se trataría de integrarlo de
manera controlada para que nuestra parte más vulnerable de la sociedad no absorba el
principal frente de onda. Esto es en esencia lo que se está pretendiendo hacer con las `contenciones activas´ que operan ahora en los diversos gobiernos
incluido el nuestro. De otra manera, pretender que podemos erradicarlo de la
faz de la tierra, sería tan iluso como falso
por motivos evidentes tal y como nos lo han demostrado otros familiares suyos
como sus primos influenza o SARS.
Cabría sin embargo una
tercera estrategia defensiva de la que aún no he oído hablar y que propongo
aquí y ahora porque en mi modesto intelecto,
creo que podría contribuir a proteger
a nuestros afables mayores y demás personas de riesgo. La
denominaré `Pandemónium´ porque en contraposición a la estrategia actual de `contención activa´, sería una `infección activa´ pero controlada del virus y esto sin duda podría levantar grandes controversias sociales y por lo
tanto hacer cimbrear cualquier temblorosa mano política. Para poder respaldar una osada teoría como la de la `infección activa controlada´, hemos de partir de premisas con peso específico, como que la población de mayor riesgo es la que está en edad avanzada y con patologías preexistentes y, por el contrario, la población sana y joven tiene una sintomatología leve o inapreciable. La ansiada vacuna ya existe
y la produce nuestro cuerpo de manera natural y exitosa cada vez que nos
infectamos y nos recuperamos. Es por ello que todas las personas que han contraído la infección hace unas pocas semanas, ya están vacunadas y sólo experimentarían algún episodio potencialmente leve de recaída en el caso de que el virus mutase en un
posterior contagio.
Una persona con inmunidad ante el coronavirus deja de ser portadora, pues
nuestro sistema inmune se encarga de eliminar cualquier incipiente abordaje
viral a nuestro cuerpo de una manera inmediata y fulminante. Esto significa simple
y llanamente que incrementando el porcentaje de personas inmunizadas en la
población sería sinónimo de edificar una
barrera de contención hacia la propagación de los más vulnerables que son a la postre el eslabón más débil de todo este problema. Una sutil carga viral
controlada, que pudiera ser también del virus desactivado/atenuado, en voluntarios
sanos que pertenezcan a un rango de edad entre 18 y 50 años, significaría que “la lucha se llevaría a cabo entre el pueblo
elegido y los restantes” tal y como rezan las
antiguas versiones del mito del pandemónium. Mantener en cuarentena a estos nobles `elegidos´ sería más práctico y eficaz que
pretender implementar una seudo cuarentena ficticia y colectiva a 47 millones
de almas. Si hemos llegado hasta aquí es porque la naturaleza ha seleccionado sólo a los más fuertes. Ahora se trata de explotar esos procesos que han resultado ser exitosos
después de millones de años de evolución y ponerlos a nuestro servicio.
Si alguien me escucha ahí fuera en la vasta llanura
cibernética, humildemente
ofrezco mi insignificante cuerpo al temido Pandemónium.
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