Si el presente se nos presentase de forma material, sería sin duda el objeto más afilado del mundo. Nuestras modernas cámaras de alta velocidad nos muestran vívidamente incontables planos fotográficos casi clónicos pero con minúsculas variaciones que se suceden en un presente determinado y en teoría entre dos de estas secuencias cabrían a su vez otra infinidad de fotografías más sin que nuestro ojo pudiese discernir las minúsculas diferencias entre ellas. Sin ser conscientes de ello, vivimos constantemente en un plano infinitesimal que en aras de la cordura, es incapaz de ser integrado en nuestro cerebro.
Hace ya unos 2430 años, el griego Zenón de Elea desafió a sus pensadores contemporáneos introduciendo una paradoja por la cual aseguraba que el mismísimo Aquiles apodado “el de los pies ligeros” nunca podría dar caza a una humilde tortuga. Éste se veía tan triunfalista que decidió dar una amplia ventaja a la tortuga, de forma que él saldría de un punto A y la tortuga de un punto B que estaría notablemente más adelantado. Con lo que no contaba Aquiles es que para cuando éste llegase al punto B, la tortuga ya habría recorrido cierto espacio, encontrándose ésta ya en un punto C. Para cuando Aquiles llegara al punto C, la tortuga ya estaría en un punto D y así sucesivamente sin llegar nunca a ser alcanzada. Esta paradoja nos ilustra que tanto el espacio como el tiempo se pueden teóricamente dividir de manera infinitesimal sin límites conocidos. En la práctica sin embargo sabemos gracias al cálculo infinitesimal que una suma de infinitos términos puede tener un resultado finito y que por lo tanto nunca llegamos a caer en el abismo del segundo.
Si quisiéramos trasladar la paradoja de Zenón a dimensiones de nuestro universo presente, el resultado podría ser un tanto singular. Nuestro universo está en una continua expansión a velocidades aditivas descomunales pero supongamos por un momento, por simplificar, que la velocidad de Aquiles fuese la velocidad de la luz sin contar con el fenómeno expansivo y que la velocidad de la tortuga fuese la misma que lleva nuestro planeta alrededor del sol. Imaginemos que el punto de salida A fuese el preciso punto del Big Bang y la ventaja dada por Aquiles fuesen los 14000 millones de años de existencia del universo conocido. Si hipotetizamos que nuestro planeta con su caparazón a cuestas hubiese estado viajando en línea recta expansiva a 30 km por segundo, al raudo del Aquiles galáctico le llevaría menos de un millón y medio de años en recorrer del punto B al punto C, pero quizás nos sorprenda saber que sólo le costaría cuatro milésimas de segundo en recorrer del punto F al punto G y apenas media millonésima de segundo del punto G al punto H.
Nuestro exiguo abecedario tan sólo llega hasta la letra Z pero ni siquiera haría falta seguir haciendo cálculos para darnos cuenta de que el limitado concepto que tenemos de nuestro finito tiempo no es el adecuado para entender la grandeza del universo ni a escalas grandes ni a escalas pequeñas y lo mismo pasaría con el espacio, ya que forman un binomio inseparable en nuestra nimia mente. Es muy probable que paradójicamente, la explicación más certera que pudiera arrojar algo de luz sobre los profundos secretos de nuestro universo estuviese basada en argumentos cargados de irracionalidad, dado que la razón no parece que vaya a ser la herramienta más efectiva en ofrecernos respuestas. No en vano, la ciencia moderna se va cargando de irracionalidad a medida que evoluciona el ser humano, pues sólo haría falta preguntar a Leonardo Da Vinci qué opinaría hoy en día de la materia oscura, el positrón, el bosón de Higgs o de la mismísima anti-materia.
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