¿QUIÉNES SOMOS?
La realidad es que somos un conjunto de materia altamente organizada cuya composición consiste mayormente en agua imbricada entre moléculas de carbono y otros átomos singulares dispuestos formando cadenas que hemos dado en llamar proteínas.
Más allá de esta observación objetiva y simplista, el resto corresponde al mundo de la percepción. Y es curiosamente el universo paralelo del mundo de las percepciones el que nos mueve a los humanos. Vivimos en una borrachera perpetua de alquimia que tiene lugar en nuestras mentes y por la cual dimensionamos la realidad bajo parámetros mayormente abstractos tales como el amor, la imaginación, las memorias, los sueños, los sentimientos, los estados de ánimo... Con todos estos prismas, no es sorprendente que por una parte tengamos una posición universal egocéntrica del hombre y por otra tengamos la necesidad de formularnos la pregunta ¿Quiénes somos?
¿DE DÓNDE VENIMOS?
La respuesta más directa sería polvo de estrella o si acaso la de un gran Big-Bang tal y como apunta la teoría más aceptada hoy en día. Tanto la teoría de Darwin como evidencias genéticas nos encadenan, nos guste o no, a una evolución progresiva desde los microorganismos, pasando por el mundo animal y hasta llegar a nosotros.
Como si de alguna forma estas evidencias científicas no nos satisficiesen, el hombre ha creado otras respuestas soportadas por el mundo de la fe y que por lo tanto, tienen una capacidad de soporte ilimitada.
¿A DÓNDE VAMOS?
Lo seguro es que la materia organizada de la que estamos compuestos deja de serlo, se descompone, se mezcla con la materia inerte y sigue su viaje expansivo a través del universo. Muy probablemente, en una escala de tiempo que sobrepasa los límites de nuestra imaginación, podemos conjeturar que acabaremos fusionándonos de nuevo con estrellas.
Quizás sea en esta cuestión donde el hombre haya dado más rienda suelta a su imaginación, posiblemente porque está aún por pasar y por lo tanto nos intrigue y preocupe aún más. En este punto, todos los universos paralelos de los sentimientos y las percepciones se desvanecen y dan lugar a un único concepto humano que llamamos espíritu. Necesitamos creer en un 'yo' perpetuo, un concepto un tanto desangelado en vida pero vital tras la muerte. Una pieza maestra de ingeniería imaginaria impecable, piedra angular de nuestra existencia. El espíritu no es sólo una llave a la eternidad, sino un requisito absolutamente indispensable ante cualquier deidad.
Por otra parte, los dioses de este mundo y más en particular el Dios de cada uno, ejercen un efecto terapéutico más allá de ganarse la inmortalidad y es el de sofocar esa alquimia que febrilmente bulle en nuestras mentes.