No ha mucho tiempo que el gigante escandinavo IKEA optó por usar el eslogan "Bienvenido a la república independiente de mi casa". Poco sospechaba entonces que tal declaración de independencia llevada a su mínima expresión pudiera convertirse cuando menos en un eslogan políticamente incorrecto en tiempos venideros. En las últimas semanas nuestras cotidianas vidas se han visto asediadas por multitud de opiniones de las que no se han librado ni los mudos.
El problema básicamente se resume en que de un total de 36,5 millones de españoles con derecho a voto, 2 millones piden la independencia de Cataluña, es decir, un 5,4% de la población versus un 94,6%. Pero obviamente este no es un problema racionalmente matemático porque además de la razón, ha habido un abono apropiado como para que enraícen ciertos sentimientos. Contamos con el hecho de que la base del problema es fácilmente identificable. Todo el peso gravita en una piedra angular que presiona sobre un único punto, saber quién tiene el derecho a decidir. Nuestra aclamada constitución no alberga dudas al respecto, sin embargo un importante número de catalanes han adquirido unas lentes que polarizan la realidad democrática de un todo y centra su visión exclusivamente en una realidad democrática de una parte que ni siquiera corresponde al pueblo catalán compuesto por más de 5 millones de catalanes con derecho a voto. Esta distorsión óptica de la realidad auspiciada por miles de corazones compulsivos latiendo al unísono ha logrado incluso lograr nublar la mente de otros corazones que si bien no proclaman independencia, sí abogan por un derecho al voto, como si no votáramos ya suficientes veces tanto al todo como a las partes a los partidos más acordes a nuestras ideas. Una excisión de una de las partes causaría fuertes daños al todo y por lo tanto tal pronunciamiento de manera unilateral sería claramente egoísta. La gente noble puede tener la mente transitoriamente nublada pero me consta que no es egoísta.
Todo es mutable y cambiable en la vida y sobre todo cuando los sentimientos humanos entran en juego. Quizás por eso decidimos cambiar las reglas y aplicar tratamientos compasivos a enfermos terminales o rebajar las penas a reos por buen comportamiento. Sin embargo los estados no se generan por generación espontánea ni surgen al albor de un calentón. La naturaleza ha reservado esa propiedad a las palomitas de maíz y a los gases explosivos pero nuestra gente ni pertenece al reino vegetal ni es volátil. Nuestra gente piensa, ama, sueña y lucha por sus sueños, es por eso que pertenecen al maravilloso reino de las personas, donde cualquier ideal, si es pacífico es legítimo, incluida la denostada independencia. Por ello no podemos culpar a nuestra gente de lo que está pasando ni arremeter contra ellos física o verbalmente. Al fin y al cabo, si sometiésemos a referéndum bajar o incluso eliminar los impuestos probablemente tendríamos una mayoría asegurada.
En estos 40 años de democracia española nos hemos dado entre todos unas reglas de juego que consisten en encauzar nuestros ideales a través de opciones políticas que votamos recurrentemente. Nuestros representantes políticos, en el momento que se comprometen a seguir estas reglas de juego, han de dejar sus ideales personales aparte ya que se deben al pueblo entero y no a sí mismos. Cuando un representante del pueblo apunta y dispara a la línea de flotación de un país rompiendo con su compromiso adquirido, ha dejado de ser esa persona idealista y loable para pasar a ser o bien una palomita de maíz o bien un gas explosivo. Sólo el tiempo lo dirá...