miércoles, 2 de mayo de 2018

… y la nada se instauró en los agujeros negros.

  

  Es de sobra sabido que los agujeros negros son portentosos e insaciables engullidores de materia. Se dice que tienen un corazón tan pesado que compactan la materia hasta límites donde nuestras leyes físicas muestran sus flaquezas. El binomio espacio-tiempo tal y como lo conocemos deja de reinar en ese enigmático punto y el  homo sapiens opta por correr un oscuro velo en espera de la próxima marea que le traiga a la orilla de su intelecto nuevas evidencias y teorías plausibles que ordenen sus neuronas hacia el entendimiento. 
Ahora imaginemos por un momento un escenario totalmente opuesto a la teoría prevaleciente, la cuál como sabemos, apunta a la fuerza de la gravedad como el motor principal de estas bestias negras. Imaginemos que los agujeros negros, en contra de toda suposición, estuviesen vacíos de materia. Un espacio oscuro y perpetuo con un vacío casi absoluto y con una densidad tan leve como la densidad de un alma. Este hipotético escenario supuestamente crearía unos gradientes de presión descomunales capaces de ejercer un poderoso efecto tractor sobre el polvo estelar y que aún sería compatible con nuestras observaciones presentes. Se crearían ciclones galácticos supermasivos constantes que formarían autopistas espirales por donde los sistemas solares circularían ayudados por un efecto coadyuvante gravitacional. A medida que los radios de esta espiral galáctica fuesen disminuyendo, la velocidad de la materia incrementaría y las estrellas se irían desvistiendo de sus capas externas como colas de cometa. Más allá del horizonte de sucesos o punto de no retorno del agujero negro, la materia alcanzaría velocidades ciclónicas cercanas a la velocidad de la luz y potencialmente se desintegraría entregándonos su energía a razón de E=mc2 justo en el ojo del huracán, el único remanso posible de fuerzas suficiente para que la energía se escape propulsada perpendicularmente en forma de radiación gamma. De esta manera, el agujero negro nunca llegaría a ingerir materia permaneciendo perpetuamente insaciable.
He de reconocer que esta novedosa teoría está lanzada en este blog con la impunidad que se sabe el grano de arena en el desierto y que el padre de la criatura sufre de incontinencia de ideas y de severas limitaciones de conocimiento. Intentaré no obstante apuntar a ciertos elementos que a priori podrían ser discordantes con esta descabellada teoría pero con explicaciones que por el contrario bien pudieran a su vez salvarla. Se dice por ejemplo que nada escapa de los agujeros negros, que ni siquiera la luz se libra de ser engullida por estos cíclopes galácticos y de ahí su color azabache. Por otra parte, es cierto que la luz viaja incluso en el vacío, aunque si apuntásemos con una linterna al interior de un pozo donde supuestamente hubiese un vacío perfecto, probablemente no veríamos nada de luz sencillamente porque no hay materia donde reflejarse. Claro que también cabría preguntarse si aún quedaría algún haz de luz capaz de penetrar dentro del agujero negro después de colisionar sus fotones con las partículas que estarían revolviéndose a su alrededor a velocidades cercanas a las de la luz. Por otra parte, también es cierto que el vacío absoluto, según nuestras leyes vigentes no se puede conseguir, al igual que no se puede descender por debajo de los 0ºK (-273,15ºC). Se estima que en el espacio intergaláctico la densidad de partículas pudiera ser tan baja como una por metro cúbico, a diferencia de una partícula por cc que pudiera estar presente en espacios interestelares. Si imaginásemos un solitario átomo de hidrógeno suspendido en un kilómetro cúbico de espacio, ¿se consideraría vacío absoluto? La respuesta sería probablemente no, pero la fuerza de succión de ese espacio sería aun así masiva. Y por qué no, los pocos o muchos fotones de luz entrantes en estos supuestos vacíos cósmicos o incluso la radiación de fondo de microondas proveniente del big bang podrían hasta contribuir a evitar un vacío absoluto al mismo tiempo que habilitaría el sistema de succión más poderoso jamás conocido.
Puestos a fruncir el ceño ante esta teoría, ¿por qué no pensar que incluso la expansión del universo pudiera estar sometida a fuerzas de vacío expansivas y que las galaxias obedeciesen también a estímulos de gradientes de presión cósmicos? Con esto no pretendo dibujar un universo encapsulado en un vacío desangelado, sino más bien un universo que a medida que crece en dimensión, pudiera hacerlo hacia gradientes más negativos de presión. Al fin y al cabo, las fuerzas gravitacionales se debilitan con las grandes distancias y no discriminan entre masas en el vacío, a diferencia de las fuerzas de gradientes de presión que tan sólo responden a presencia o ausencia de materia. Si el universo está en continua expansión como parece, cabría esperar que creciese hacia espacios con un cierto grado de ausencia de materia. ¿Quizás la energía oscura no sea tan oscura después de todo? De una cosa estamos seguros, que nadie espere encontrase con un cascarón de acero blindado en unos supuestos límites de nuestro universo.
Estimado lector, si has logrado perseverar en la lectura de esta entrada de blog hasta este punto, bienvenido al mundo de las amplias miras, un mundo donde no hace mucho tiempo se creyó que la tierra era plana.