sábado, 30 de noviembre de 2013

La paradoja de las dos linternas

Siempre pensé que depositar un mensaje entre un planeta “A” y un planeta “B” que se encuentran separados 600.000 km llevaría como poco dos segundos, el tiempo que tarda la luz en alcanzarlos. Sin embargo, ayer sin ir más lejos, pude lanzar ese mensaje y ambos planetas lo recibieron en tan sólo un segundo, rompiéndome así todos mis esquemas y récords de puntualidad en mensajería interplanetaria. Lo cierto es que no me costó demasiado, tan sólo tuve que situarme en el medio equidistante de ambos planetas y lanzar un mensaje lumínico con mis dos linternas que adquirí aprovechando la oferta 2x1 de la tienda del barrio. Las linternas, que apuntaban en direcciones opuestas, hicieron el resto del trabajo.
Diseccionemos por un momento este acontecimiento. El mensaje fue único, el mismo que podría recibir Fernando Alonso para que pise a fondo su F1, sin embargo, los mensajeros fueron dos, el fotón “a” y el fotón “b” quienes se encaminaron raudos hacia sendos planetas. Sin duda ambos fotones alcanzaron la velocidad de la luz por su cuenta y por lo tanto entregaron el mismo mensaje a tiempo, justo un segundo después de encender las linternas. Del mismo modo, tenemos la certeza de que ninguno de los dos fotones transgredieron las leyes de la física ya que no rebasaron la velocidad de la luz con referencia al punto fijo de mis linternas. Sin embargo, he aquí la paradoja, ¡ambos fotones se separaban uno de otro a una vertiginosa velocidad que doblaba la de la luz! La prueba de ello, es que tanto el planeta “A” como el planeta “B”, separados por una distancia de 600.000 km, recibieron el mensaje en tan sólo un segundo. ¿Acaso quiere esto decir que la velocidad de la luz puede ser superada cuando el punto de referencia es móvil? Parece sensato pensar que un observador externo al sistema descrito, pongamos desde otra galaxia, vería a los fotones “a” y “b” separarse a 600.000 km por segundo.

¿Podría alguien “arrojar luz” sobre esta paradoja? Entre tanto, por más que miro a mis linternas destripadas, no acierto a encontrar ningún agujero de gusano con puerta de entrada a ninguna otra dimensión…

sábado, 27 de abril de 2013

Vida inteligente, una cuestión de probabilidad.

 Si pintásemos un granito de arena de negro y lo mezclásemos con la arena blanca que puede llegar a caber en una piscina, la probabilidad de encontrar ese mismo grano negro sacando granos de uno en uno sería aproximadamente de 1:100 mil millones, cifra coincidente con los millones de granos de arena que llenan la piscina. Se estima que ése es también el número de estrellas aproximado existentes sólo en nuestra galaxia. -Conviene aquí recordar que todas las estrellas que vemos desde nuestro pequeño planeta pertenecen solamente a la vía láctea-. De la misma manera que con el ejemplo de la arena, matemáticamente se podría decir que la probabilidad de encontrar vida en nuestra galaxia sería entonces como mínimo también de 1:100 mil millones. Claro que si hablamos de vida soportada por un planeta, este número desciende. Recién estrenado el 2013, astrónomos americanos informaron de una estimación un tanto peculiar sobre el número de planetas de un tamaño parecido al nuestro que pudiera haber sólo dentro de nuestra galaxia. Según estos recientes datos,  se estima una friolera de 17000 millones de planetas, con lo que aplicando la misma lógica anterior, la probabilidad de encontrar vida en nuestra galaxia ahora descendería a 1:17000 millones. El tamaño es importante porque se necesita un tamaño así para retener una atmósfera que proteja de radiaciones solares y que al mismo tiempo permita respirar. La vida, tal y como la conocemos necesita respirar en toda su amplia gama de entidades, desde  los mamíferos hasta los microorganismos más pequeños. Al mismo tiempo, se necesita una distancia concreta a una estrella que permita una temperatura superior a -130ºC, ya que por debajo de esta temperatura no hay actividad molecular y el universo tiene una temperatura media bien por debajo de los 200ºC bajo cero. Por supuesto que un planeta demasiado cerca a una estrella freiría cualquier intento de vida. Igualmente, el hecho de la abundancia de átomos como el carbono o moléculas como la del agua, influyeron decisivamente en la formación de vida tal y como la conocemos hoy. Por no hablar de disponer de un planeta escudo que haga las funciones de hermano mayor como lo hace Júpiter que es nuestro principal parapeto de asteroides debido a su gran poder gravitatorio, contribuyendo así a una sostenibilidad del fenómeno de la vida.

Pero abramos aún más la ecuación propuesta de probabilidades; se estima que en todo el universo puede llegar a haber unos 500 mill millones de galaxias. Extrapolando mediante el mismo cálculo de probabilidades, uno pudiera pensar entonces que estadísticamente al menos, podría haber hasta 500 mill millones de planetas como el nuestro con vida inteligente, es decir, uno por galaxia. Gran simplificación la mía el aplicar la casuística de encontrar un grano de arena entre las playas del mundo a la existencia de vida inteligente. La acción de pintar un grano de arena depende de una sencilla pincelada, sin embargo, la formación de vida en nuestro planeta así como su sostenibilidad, ha dependido de numerosísimos factores. Por si alguien aún no lo viese claro, siguiendo esta casuística, una mente despierta podría argumentar que la misma posibilidad es válida para encontrar una gallina en una galaxia lejana, con lo que sin duda hemos de tomar estas extremas suposiciones matemáticas con su debida cautela. No obstante, para aquellas mentes más románticas rebosantes de presentimientos sobre vida extraterrestre, se diría que el factor tiempo jugase a su favor ya que toda esta predicción matemática se podría encuadrar en un tiempo más o menos presente y sin embargo la extensa historia del universo nos antecede y nos precede por miles de millones de años.

sábado, 9 de febrero de 2013

NAUFRAGIO UNIVERSAL



Cuando una madre pregunta  a su hijo si quiere carne o pescado para comer ese día, es una sencilla elección. Si la familia consta de dos hijos y la cuestión es ir a la playa o a la montaña un domingo, el único dilema a romper sería como mucho una supuesta división de opiniones, imponiéndose finalmente la voluntad parental. Cuando un profesor somete a votación la fecha de un examen ante sus alumnos, las preguntas del examen no se ven alteradas y serán independientes del resultado de la votación. Cuando un administrador de fincas recaba información para elegir un color de fachada, la decisión de la comunidad de vecinos no marcará el resto de sus vidas. Ahora bien, ¿Qué ocurriría si un general diese a elegir a un millar de soldados rasos estrategias de ataque a seguir en una intervención militar? ¿Someteríamos a votación  entre estudiantes de primer curso de medicina elegir un tratamiento oncológico determinado para un paciente? Se diría que si la consulta es sobre gustos o preferencias, parece razonable formularla, pero si el razonamiento de la respuesta conlleva un componente importante técnico, entonces recurrimos a la experiencia y al máximo conocimiento adquirido para así proceder de una manera que en principio podríamos denominar inteligente.
Las cosas podrían complicarse algo cuando al derecho de elección se incorporan elementos tan íntimos como los sentimientos. Todo el mundo tiene derecho a sentir, a expresarse e incluso a unificarse en base a un sentimiento común. Yo iría más allá y diría que ese sentir se retroalimenta de forma que los sentimientos personales crecen a medida que se multiplican y comparten en un caldo colectivo. No hay más que mirar al fenómeno del fútbol y la agitación de las masas o las religiones y su fervor como fenómeno social de sentimiento colectivo. Es evidente que el mundo de los sentimientos no es ciencia, a veces hasta carece de parámetros de lógica, pero al engendrarse en el corazón, merece el mayor de los respetos y en muchos casos admiración.

La historia está llena de de países que ostentan en su haber conquistas o fragmentaciones geográficas. Al fin y al cabo lo de disputarse la superficie del planeta ha sido un objetivo constante a lo largo de toda nuestra evolución como especie. En toda secesión ha habido partidarios y detractores, activistas y pasotas, monjes y guerreros, pero lo que no me consta es que haya habido un grupo de intelectuales, letrados, tecnócratas o simplemente personas cabales que pongan en cuarentena sus sentimientos y examinen de manera imparcial y fría las ventajas que pudieran ofrecer ambas alternativas, que no son ni más ni menos que la de seguir de alguna forma perteneciendo a un todo con arraigo histórico con sus virtudes y sus defectos o por el contrario emanciparse en solitario en busca de nuevos horizontes de prosperidad. Porque doy por hecho que, banderas aparte, todas y cada una de las fibras que componen el músculo de cualquier ansia emancipadora apuntan a mejorar el dichoso estado de bienestar de la sociedad presente. Si esta decisión, nada trivial por otra parte, se deja en manos de un sentenciador sufragio universal donde el pueblo decide sin más conocimiento que el de la cándida razón que le da el sentir, mucho me temo que del sufragio universal al naufragio universal hay tan solo dos letras de diferencia.