jueves, 26 de diciembre de 2019

Un pasado descomunal, un presente afilado y un futuro infinito.


Si el presente se nos presentase de forma material, sería sin duda el objeto más afilado del mundo. Nuestras modernas cámaras de alta velocidad nos muestran vívidamente incontables planos fotográficos casi clónicos pero con minúsculas variaciones que se suceden en un presente determinado y en teoría entre dos de estas secuencias cabrían a su vez otra infinidad de fotografías más sin que nuestro ojo pudiese discernir las minúsculas diferencias entre ellas. Sin ser conscientes de ello, vivimos constantemente en un plano infinitesimal que en aras de la cordura, es incapaz de ser integrado en nuestro cerebro.

Hace ya unos 2430 años, el griego Zenón de Elea desafió a sus pensadores contemporáneos introduciendo una paradoja por la cual aseguraba que el mismísimo Aquiles apodado “el de los pies ligeros” nunca podría dar caza a una humilde tortuga.  Éste se veía tan triunfalista que decidió dar una amplia ventaja a la tortuga, de forma que él saldría de un punto A y la tortuga de un punto B que estaría notablemente más adelantado. Con lo que no contaba Aquiles es que para cuando éste llegase al punto B, la tortuga ya habría recorrido cierto espacio, encontrándose ésta ya en un punto C. Para cuando Aquiles llegara al punto C, la tortuga ya estaría en un punto D y así sucesivamente sin llegar nunca a ser alcanzada. Esta paradoja nos ilustra que tanto el espacio como el tiempo se pueden teóricamente dividir de manera infinitesimal sin límites conocidos. En la práctica sin embargo sabemos gracias al cálculo infinitesimal que una suma de infinitos términos puede tener un resultado finito y que por lo tanto nunca llegamos a caer en el abismo del segundo.

Si quisiéramos trasladar la paradoja de Zenón a dimensiones de nuestro universo presente, el resultado podría ser un tanto singular. Nuestro universo está en una continua expansión a velocidades aditivas descomunales pero supongamos por un momento, por simplificar, que la velocidad de Aquiles fuese la velocidad de la luz sin contar con el fenómeno expansivo y que la velocidad de la tortuga fuese la misma que lleva nuestro planeta alrededor del sol. Imaginemos que el punto de salida A fuese el preciso punto del Big Bang y la ventaja dada por Aquiles fuesen los 14000 millones de años de existencia del universo conocido. Si hipotetizamos que nuestro planeta con su caparazón a cuestas hubiese estado viajando en línea recta expansiva a 30 km por segundo, al raudo del Aquiles galáctico le llevaría menos de un millón y medio de años en recorrer del punto B al punto C, pero quizás nos sorprenda saber que sólo le costaría cuatro milésimas de segundo en recorrer del punto F al punto G y apenas media millonésima de segundo del punto G al punto H.

Nuestro exiguo abecedario tan sólo llega hasta la letra Z pero ni siquiera haría falta seguir haciendo cálculos para darnos cuenta de que el limitado concepto que tenemos de nuestro finito tiempo no es el adecuado para entender la grandeza del universo ni a escalas grandes ni a escalas pequeñas y lo mismo pasaría con el espacio, ya que forman un binomio inseparable en nuestra nimia mente. Es muy probable que paradójicamente, la explicación más certera que pudiera arrojar algo de luz sobre los profundos secretos de nuestro universo estuviese basada en argumentos cargados de irracionalidad, dado que la razón no parece que vaya a ser la herramienta más efectiva en ofrecernos respuestas. No en vano, la ciencia moderna se va cargando de irracionalidad a medida que evoluciona el ser humano, pues sólo haría falta preguntar a Leonardo Da Vinci qué opinaría hoy en día de la materia oscura, el positrón, el bosón de Higgs o de la mismísima anti-materia.

martes, 23 de abril de 2019

Un devenir caprichoso


Hace 13,7 mil millones de años, año arriba año abajo, no había materia, no había espacio, no había tiempo; todo lo que nuestras simples mentes pueden llegar a hipotetizar es la ridícula existencia de un ente más pequeño que un átomo pero con la soberbia inimaginable de albergar absolutamente toda la energía futura del universo. Era un todo y un nada, un absoluto ridículo de extremos, ahora sólo soportado por palabras. Todo ese colosal ente energético de universo decidió reventar y en tan sólo un fragmento de tiempo casi infinitesimal ya ocupaba un espacio mayor al de una galaxia. Desde entonces nunca dejaría de expandirse y la energía se convirtió por primera vez en materia. Durante miles de millones de años, lo único que existieron fueron electrones que a modo de peonzas giraban alrededor de protones de manera compulsiva, quién sabe si por el efecto de aquella mega explosión que ahora llamamos Big Bang. Lo cierto es que se consolidó un emparejamiento idílico y eterno que bien podríamos llamar amor cuántico. Quiso el tiempo que unas criaturas descendientes de aquella materia primogénita llamasen a esa primera pareja cuántica átomo de hidrógeno. Y así, en el principio de los tiempos sólo existía hidrógeno salpicado de manera muy azarosa y únicamente moldeado por una todopoderosa fuerza gravitatoria. Las crecientes polvaredas de hidrógeno se fueron acumulando hasta formar juveniles estrellas que ganaban en peso a medida que engullían este material a modo de rumiantes cósmicos. Cuando se hicieron lo suficientemente adultas, su sobrepeso generó una presión tan grande en sus corazones que las parejas de protones y electrones se vieron obligadas a promiscuirse con otras parejas y se fusionaron formando helio. Esta fusión elevó la temperatura a millones de grados y como la presión siguió creciendo sin parar, ambos efectos produjeron que el helio también se fusionase, produciendo litio.  Este caldo de cultivo estelar era perfecto para producir átomos que nunca antes habían visto la luz en el universo y la reacción en cadena de estas fusiones de átomos sencillos originó átomos de mayor porte electrónico tales como el carbono, el nitrógeno o el oxígeno. Las estrellas ya comenzaron a ser por aquel entonces factorías de átomos, acumulando la energía existente en forma de elementos estables bien empaquetados. Sin embargo, habría otros átomos que tardaron más en ser producidos debido a que las estrellas carecían de la presión y temperatura suficientes para su generación. Un día muy concreto en un punto muy remoto del universo, explotó por primera vez una estrella que había fagocitado la mayor parte del hidrógeno que utilizaba como combustible nuclear. Había cogido una densidad insoportable y por ello sus hijos, millones de años después, la bautizarían con el infame nombre de enana blanca. La anciana estrella entonces, cansada de soportar tal densidad, reventó de manera brutal generando una supernova. Las supernovas son la mayor manifestación de violencia que existe en todo el universo y son fenómenos tan escasos como notorios, no pasando desapercibidas en la silente historia de las galaxias. Es gracias a la fuente de energía extra que se genera en estas megaexplosiones, que se pueden forjar elementos más pesados como el cobre, el hierro, el uranio, la plata o el mismísimo oro. Su escasez sin duda es reflejo de la extrema timidez con la que hacen acto de presencia las supernovas. Así se formaron todos los elementos que conocemos hoy en día pero no fue hasta algo menos de 4000 millones de años que el azar y las leyes físicas dejaron de ser el empaquetamiento estándar de la materia del universo y algo que hoy llamamos VIDA, se encargó de empaquetarla de forma sumamente caprichosa. Esta novedosa definición de vida evidencia una simplificación extrema, pero responde tan sólo a parámetros de relaciones físico-atómicas, donde el elemento carbono es claramente un elemento conciliador entre las interacciones de sus hermanos los átomos. Seguro que habrá muchas vidas ahí fuera, o en otras palabras, otros empaquetamientos de la materia no dejados al azar, pero la nuestra comenzó en un recóndito paraje planetario, a la sombra de un astro todopoderoso. Nuestro planeta, como tantos otros, flotaba en bálsamos de sosiego al amparo de la respiración de su progenitora estrella, pero a su vez, lejos de sus convulsivos y abrasadores estornudos. Y es así, a fuego lento, como este planeta condensó su preciada agua bajo el inocente influjo de nuestro sol, del cual, como si de un instinto paternal se tratara, ya nunca nos separaríamos.