La muerte tiene muchas caras, pero cuando se
acumula nos visita en forma de fumarolas urbanas, crematorios que no paran de
fundir millones de recuerdos y nostalgias en cenizas. No creo que debamos soplar una sola ceniza de sus memorias ni apartar los ojos de la fría
realidad de estos duros días. La pandemia avanza cruelmente a lo largo de toda
la curvatura terráquea, nuestros dirigentes la esperan con la guardia baja, los
telégrafos del 2020 no funcionan, la inteligencia colectiva de nuestro sistema social
fracasa frente a la inteligencia individual, más amparada ésta por el sentido común.
Se ha formado un terreno abonado para las tormentas políticas, las tormentas mediáticas
y las tormentas de citoquinas. La ciencia se ha colado en el vocabulario del
pueblo y a la persona más humilde le asaltan dudas que hasta ahora sólo eran
formuladas por los científicos, quienes han comenzado una carrera frenética
contra un enemigo invisible. Con aproximadamente una millonésima de milímetro,
al SARS-CoV-2 se le podría considerar como un sonajero biológico por su
simpleza. Tan solo consta de unas desconocidas espículas que brotan de una
cápsula proteica que a su vez alberga una cadena simple de ARN. Este macabro
sonajero es el mal reducido a su mínima expresión. Las espículas amenazan con
una proteína que hace de ariete al aferrarse a nuestros epitelios del tracto
respiratorio para infectarlos y debido a esta propiedad la hemos denominado la proteína
Espiga. Los científicos saben que, si introducimos en nuestro cuerpo solamente
esta proteína sin el virus, nuestro sistema inmune la neutralizará la próxima
vez que venga acompañada del virus y así quedaremos inmunizados. Y es así como
las instituciones científicas más prestigiosas de todo el mundo se lanzan a
hacer una copia exacta de la proteína Espiga que recorrerá el cenagoso camino
de los ensayos clínicos para así salvar miles de vidas.
Y mientras los ojos
del mundo están hoy puestos en estas vacunas salvadoras, un humilde pescador indio
del estado de Kerala llamado Kumar, salía a pescar una temprana mañana de enero
tan sólo unos días antes. Desde su bote divisaba cómo las montañas revestidas
de verdes cafetales y plantaciones de té se elevaban por encima de los
cocoteros anclados en playas de fina arena blanca. Al acabar la jornada Kumar
no se encontraba bien y cuando su cuñado fue a recogerle al día siguiente para ir a pescar como cada mañana, Kumar presentaba una tos seca y una
ligera fiebre. Sin saberlo, su cuerpo estaba multiplicando exponencialmente un
coronavirus que como un perfecto efecto mariposa acababa de surgir en un distante
mercado chino. Cada uno de los miles de virus que Kumar tenía dentro, llevaba
incorporado una orden de replicación y al mismo tiempo, se valía del andamiaje
citoplasmático de las células del pobre pescador para ir añadiendo de uno en
uno los 29.903 nucleótidos necesarios para generar el ARN de un nuevo
virus. Por supuesto que este sistema de replicación no era del todo perfecto y
de tarde en tarde, o se saltaba un nucleótido o incorporaba uno equivocado.
Esto producía mutaciones que en gran medida o no trascendían al comportamiento
final de los nuevos virus formados o se traducían en una pérdida de función
importante y ese virus recién formado se extinguía de inmediato. Sin embargo, hubo
un solo virus en el cuerpo de Kumar que incorporó un nucleótido equivocado y su
resultado fue un cambio muy sutil en su proteína Espiga, pero dicha mutación no
impidió seguir infectando a la gente del pueblo de pescadores.
A mediados de abril,
científicos indios secuenciaron el genoma de un coronavirus de una muestra tomada
hace tres meses en Kerala. Un análisis computacional de la estructura de la proteína Espiga de esa muestra concluyó que a la proteína le faltaba tan sólo un enlace de hidrógeno y esto hace que su conformación tridimensional adquiera la
suficiente deformación como para ofrecer una estructura distinta a la estructura de Espiga en la que la comunidad científica está trabajando en la actualidad. Este hecho científico pone en evidencia cómo un solitario
átomo de hidrógeno de un virus mutado de Kumar pudiera poner en peligro todo el
desarrollo internacional de vacunas contra COVID-19. Será difícil que ocurra, pero si esa cepa incontrolada
se hubiese extendido silenciosamente desde enero, los esfuerzos de los científicos
centrados en una proteína parecida pero ligeramente distinta, podrían ser en
gran parte fútiles, frustrando los anhelos y esperanzas de nuestra sociedad.
Es muy posible que
el efecto mariposa más sobresaliente que haya conocido la humanidad hasta ahora
sea el reciente contagio de una única persona con un virus en el mercado chino
de Wuhan. Un leve batir de alas inicial ha levantado su fatídico polvo de
mariposa extendiéndose como una onda expansiva a nivel global. Y por si esta serendipia no fuera suficiente, podríamos estar ante un hecho aún más sorprendente al que bien se
le podría denominar “efecto átomo”. Parece que un único átomo de hidrógeno de todo
nuestro universo, en su mayor simpleza e inocencia cuántica, guardaba con
recelo un potencial inmenso que esperemos no lo muestre nunca.