sábado, 2 de enero de 2021

Los frenos del tiempo

 Una mente brillante como la de Albert Einstein imaginó hace más de 100 años una sencilla caja espejada en sus caras interiores que reposaba dentro del vagón de un tren y que viajaba sin un destino concreto más allá que el de su imaginación. Einstein visualizó cómo lanzando un haz de luz desde el fondo de la caja hacia su parte superior, éste rebotaría hacia el espejo opuesto que a su vez lo mandaría de vuelta al espejo del fondo y así sucesivamente. Hasta aquí la suposición en sí no encerraba mucho misterio pero la genialidad entró en juego cuando Einstein introdujo un punto de referencia externo que observaba lo que acontecía desde el andén. Cuando el tren se encontraba parado, los sucesivos rebotes del haz de luz dentro de la caja de resonancia tenían lugar en un eje vertical y esto ocurría tanto para un observador dentro del tren como para el que estaba mirando desde el andén. Sin embargo, cuando el tren en su mente se ponía en marcha a velocidades cercanas a las de la luz, la verticalidad del recorrido de la luz no era tal para el observador del andén debido a la alta velocidad horizontal del tren. El recorrido del haz de luz para el observador externo eran picos de sierra con mayor recorrido que el observado por el observador sentado al lado de la caja que sólo vería rebotes en el eje vertical. Einstein ya dedujo antes que la velocidad de la luz era constante e irrebasable y que por lo tanto, a una misma velocidad de la luz tanto dentro como fuera del tren, los dos observadores verían una misma distancia espacial recorrida por la luz hecha en tiempos distintos, es decir, experimentarían un desdoblamiento temporal. Esto tendría implicaciones en su paradoja sobre los hermanos gemelos viajando uno de ellos a velocidades cercanas a las de la luz. El hermano viajero, a su regreso a tierra años más tarde, se encontraría con que su hermano que se quedó en tierra estaba más envejecido que él. Lo brillante de una mente como la de este genio es que sus teorías las inmortalizaba en tinta con complejas fórmulas que a la postre han resultado ser empíricamente correctas. 

Es cierto que para ver diferencias en este plano temporal se requeriría viajar a velocidades cercanas a la velocidad de la luz y esto es hoy por hoy inalcanzable tanto en la práctica como en el campo teórico, pero... ¿se podría poner freno al tiempo de nuestras vidas sin recurrir a estas velocidades interestelares? Me temo que nos podríamos encontrar ante una respuesta desafiantemente afirmativa.


A la vista de un ojo avezado, existirían dos tiempos interrelacionados pero diferenciados entre sí. Podríamos denominarlos como el tiempo físico y el tiempo biológico. Mientras que el primero viene acompasado por un reloj universal que gobierna la materia inanimada, el segundo sería más bien un tiempo biológico que rige sobre la materia estructurada del carbono, es decir, la vida que acontece en nuestro planeta. El puente tendido entre estos dos mundos temporales lo formaría la precisa decaída del inestable isótopo radiactivo carbono 14, un maestro de orquesta perfecto para marcar los tiempos de la historia de nuestra humanidad. 


Como hemos visto anteriormente, Einstein demostró teóricamente que se podría modular el paso del tiempo físico si nos embarcásemos en viajes a velocidades cercanas a la velocidad de la luz. Sin embargo, basta con cambiar la frecuencia vibracional de las moléculas para poder parar el tiempo biológico. La temperatura es un concepto directamente relacionado con la vibración molecular y cuando ésta es baja, el tiempo biológico se puede reducir de forma que podemos llegar casi hasta pararlo. Así, podemos modular el tiempo biológico ralentizando las transferencias de electrones y las actividades moleculares de modo que al bajar la temperatura podemos frenar procesos oxidativos y de tráfico molecular dentro y fuera de nuestras células. Para esto debemos de tener en cuenta que el agua es como el tren que transporta nuestras moléculas, si acaso un tren algo más húmedo y ubicuo que el que propuso Einstein. Si conseguimos detener este tren, conseguiremos detener el tiempo biológico. Contrariamente a lo que mucha gente pueda pensar, el hecho de que un pollo esté congelado y rígido recién salido de un congelador doméstico de -20ºC, no significa que todo el agua en su interior esté hecha hielo. Incluso en el interior de células congeladas a -80ºC existe un tren lento de agua en fase líquida que permite aún un metabolismo muy ralentizado. 


Lo que acabo de exponer es algo así como un cambio en el plano temporal como el observado en la paradoja de los dos gemelos de Einstein pero usando un sencillo congelador en vez de un cohete yendo a vertiginosas velocidades galácticas. Se estima que hace falta llegar a temperaturas de 130ºC bajo cero para no encontrar trazas de agua líquida dentro de las células y detener así el tren del transporte metabólico. Dentro del nitrógeno líquido podemos llegar a temperaturas que rozan los 200ºC bajo cero hallando remansos de inmortalidad para nuestros tejidos orgánicos. Sin embargo, hasta en estas extremas temperaturas encontramos un efecto idílico que nos conecta con nuestro todopoderoso universo, y es que los científicos han visto que incluso esta quietud molecular se ve levemente alterada por la radiación de fondo generada por el Big Bang. Claro que esta leve radiación cósmica sería el menor de nuestros problemas en una situación de criogenia de nuestro cuerpo, donde sólo sacamos un billete de ida y el billete de vuelta está aún por imprimir.


Vemos por lo tanto que hasta ahora hemos descubierto dos formas distintas de frenar el tiempo. Una requiere de grandes espacios estelares para viajar a velocidades cercanas a la de la luz y la otra por el contrario requiere espacios tan diminutos como angstroms donde se resuelve la incansable vibración molecular.  Y es así como se pasa el tiempo de nuestras vidas, dictado no por un reloj suizo sino por un febril trasiego molecular a la sombra de nuestro astro rey que toca el tambor del tiempo.



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