Un sector limitado de la población autodenominado “indignados” ha logrado prender la mecha de la acción. Un puñado de miles de movilizados en sí, sin duda no es representativo de toda la población española, pero a juzgar por el número constante de abstenciones y votos en blanco en todas las elecciones, no sería descabellado pensar que como mínimo se hayan ganado la empatía e incluso la simpatía de muchos de estos ciudadanos. Más aún, al enarbolar un lema tan sencillo y directo como “indignados”, entraría dentro del terreno de la lógica pensar que en algún momento han apelado en mayor o menor grado a todos y cada uno de nosotros en un estado de indignación contra la clase política y el sistema económico financiero en general.
Las congregaciones en la plaza del pueblo son algo más que legítimas. Son una exhortación colectiva necesaria para una salud democrática al mismo tiempo que expresan un sentimiento unánime que desgraciadamente no puede ser traducido en un voto en las urnas. Sencillamente el partido de los indignados ni está ni estará jamás representado en el congreso aún a sabiendas de que tendría una mayoría absoluta. Los indignados no desean marcar una tendencia política, tan sólo se conforman con exigir a los políticos que lejos de enredarse en dialécticas estériles hagan sus deberes y se ganen su sueldo. Todos nosotros, en nuestro papel de indignados demandamos a los legisladores que doten a los jueces de herramientas eficaces que permitan que impere un sentido común. Acaso es tanto pedir que los condenados por corrupción devuelvan el dinero robado, o que se reduzcan unos privilegios pagados por todos pero impuestos sólo por los beneficiarios, o pedir que criminales reincidentes no campeen a sus anchas porque saben que el sistema les ampara, o que los bancos asuman su riesgo una vez que conceden un préstamo hipotecario. Sí, sin duda todos hemos estado indignados alguna que otra vez.
Desconozco si los indignados son pródigos en ofrecer soluciones a problemas concretos. Particularmente no les culparía, pues ya tenemos una nutrida flotilla de partidos políticos que parecen estar llenos de ellas. He aquí la piedra angular donde he de reconocer que siempre he tropezado. Entiendo que cada partido político aporta un programa electoral que define en gruesos trazos sus líneas de pensamiento, al mismo tiempo que deja constancia de una declaración de intenciones que supuestamente se llevarían a cabo en caso de que el pueblo les conceda la gobernabilidad. Ahora bien, ¿acaso se lee uno el programa entero del partido al que vota? Yendo más allá, ¿nos leemos todos los programas políticos de todos los partidos que se presentan? La respuesta es seguramente un “no” para la gran mayoría de los votantes. De nuevo no se le puede culpar a un ciudadano el hecho de no leerse todas las líneas de ejecución que tienen todos los partidos políticos, pues en vez de 24 horas se necesitaría una jornada de 24 meses de reflexión. Al igual que no nos estudiaríamos los proyectos de 4 arquitectos distintos que minuciosamente esbozaran los planos de nuestra casa buscando puntos de flaqueza, tampoco se puede pretender que un ciudadano normal y corriente critique complicadas fórmulas políticas de gobernabilidad. Este argumento nos puede llevar a pensar que finalmente el voto emitido tiene más que ver con un elemento de convicción enrocada que con un estudio minucioso, valorado y cognitivo de todas las líneas propuestas.
Este método tan profundamente instaurado en un país democrático como es el nuestro, deja fuera de juego casi al 50% de los ciudadanos que carecen de una tendencia política en particular. Claro que muchos se tienen que conformar con votar al ¨menos malo¨, pero eso está lejos de ser óptimo, sobre todo cuando nos jugamos el devenir de un país entero. Es evidente que el sistema nos obliga a elegir entre el todo o la nada y he de decir que un sistema así, como mínimo carece de inteligencia. No es de extrañar por lo tanto la existencia de un número de disidentes de ciertas políticas internas, no sólo ya entre simpatizantes, sino que incluso entre afiliados y dirigentes de un mismo partido. Una vez más, tampoco les culpo. Son más bien los damnificados de un sistema tan pobre e injusto como vigoroso y robusto, un sistema erigido por sufragio universal, aunque más bien cabría decir por “naufragio universal”.