martes, 31 de mayo de 2011

CAMBIO DE SISTEMA II

Un sector limitado de la población autodenominado “indignados” ha logrado prender la mecha de la acción. Un puñado de miles de movilizados en sí, sin duda no es representativo de toda la población española, pero a juzgar por el número constante de abstenciones y votos en blanco en todas las elecciones, no sería descabellado pensar que como mínimo se hayan ganado la empatía e incluso la simpatía de muchos de estos ciudadanos. Más aún, al enarbolar un lema tan sencillo y directo como “indignados”, entraría dentro del terreno de la lógica pensar que en algún momento han apelado en mayor o menor grado a todos y cada uno de nosotros en un estado de indignación contra la clase política y el sistema económico financiero en general.

Las congregaciones en la plaza del pueblo son algo más que legítimas. Son una exhortación colectiva necesaria para una salud democrática al mismo tiempo que expresan un sentimiento unánime que desgraciadamente no puede ser traducido en un voto en las urnas. Sencillamente el partido de los indignados ni está ni estará jamás representado en el congreso aún a sabiendas de que tendría una mayoría absoluta. Los indignados no desean marcar una tendencia política, tan sólo se conforman con exigir a los políticos que lejos de enredarse en dialécticas estériles hagan sus deberes y se ganen su sueldo. Todos nosotros, en nuestro papel de indignados demandamos a los legisladores que doten a los jueces de herramientas eficaces que permitan que impere un sentido común. Acaso es tanto pedir que los condenados por corrupción devuelvan el dinero robado, o que se reduzcan unos privilegios pagados por todos pero impuestos sólo por los beneficiarios, o pedir que criminales reincidentes no campeen a sus anchas porque saben que el sistema les ampara, o que los bancos asuman su riesgo una vez que conceden un préstamo hipotecario. Sí, sin duda todos hemos estado indignados alguna que otra vez.

Desconozco si los indignados son pródigos en ofrecer soluciones a problemas concretos. Particularmente no les culparía, pues ya tenemos una nutrida flotilla de partidos políticos que parecen estar llenos de ellas. He aquí la piedra angular donde he de reconocer que siempre he tropezado. Entiendo que cada partido político aporta un programa electoral que define en gruesos trazos sus líneas de pensamiento, al mismo tiempo que deja constancia de una declaración de intenciones que supuestamente se llevarían a cabo en caso de que el pueblo les conceda la gobernabilidad. Ahora bien, ¿acaso se lee uno el programa entero del partido al que vota?  Yendo más allá, ¿nos leemos todos los programas políticos de todos los partidos que se presentan? La respuesta es seguramente un “no” para la gran mayoría de los votantes. De nuevo no se le puede culpar a un ciudadano el hecho de no leerse todas las líneas de ejecución que tienen todos los partidos políticos, pues en vez de 24 horas se necesitaría una jornada de 24 meses de reflexión. Al igual que no nos estudiaríamos los proyectos de 4 arquitectos distintos que minuciosamente esbozaran los planos de nuestra casa buscando puntos de flaqueza, tampoco se puede pretender que un ciudadano normal y corriente critique complicadas fórmulas políticas de gobernabilidad. Este argumento nos puede llevar a pensar que finalmente el voto emitido tiene más que ver con un elemento de convicción enrocada que con un estudio minucioso, valorado y cognitivo de todas las líneas propuestas.

Este método tan profundamente instaurado en un país democrático como es el nuestro, deja fuera de juego casi al 50% de los ciudadanos que carecen de una tendencia política en particular. Claro que muchos se tienen que conformar con votar al ¨menos malo¨, pero eso está lejos de ser óptimo, sobre todo cuando  nos jugamos el devenir de un país entero. Es evidente que el sistema nos obliga a elegir entre el todo o la nada y he de decir que un sistema así, como mínimo carece de inteligencia. No es de extrañar por lo tanto la existencia de un número de disidentes de ciertas políticas internas, no sólo ya entre simpatizantes, sino que incluso entre afiliados y dirigentes de un mismo partido. Una vez más, tampoco les culpo. Son más bien los damnificados de un sistema tan pobre e injusto como vigoroso y robusto, un sistema erigido por sufragio universal, aunque más bien cabría decir por “naufragio universal”.


jueves, 26 de mayo de 2011

Cambio de Sistema

Últimamente me he dedicado a observar como un búho nuestro panorama político. Nunca me he involucrado y las veces que he votado he emitido mi voto en blanco, tanto como la luna llena. Últimamente despliego mis pabellones auditivos con más frecuencia que la habitual y los dirijo especialmente a nuestra clase política. Está claro que no soplan vientos favorables en nuestra economía y cuanto más arrecia el viento, más se azuza el espectáculo que dan nuestros gobernantes. Yo francamente nunca he hecho uso de la palabra para lapidar a uno u otro gobierno, tal y como se puede suponer por mis votos en blanco. Tampoco he tenido un especial interés en que gobiernen los unos, los otros o los más minoritarios. Cuando se expresan públicamente, se diría que la gran mayoría luchan por lo mismo, crear empleo, mejorar la sanidad, fortalecer nuestro sistema educativo, ser competitivos, cuidar el medio ambiente, sostenibilidad y tantas otras cosas en las que un ciudadano medio estaría de acuerdo. Parece que el fin lo tenemos más bien resuelto pero donde no nos ponemos de acuerdo es en los medios.  

Poco después de instaurarse la democracia, nuestro país ha sufrido de un continuo cambio en la dirección política como si de un movimiento pendular se tratase.   Lo peor quizás es que el sistema político que tenemos implantado por defecto, está abocado a la confrontación, a no ser constructivo, a no sumar fuerzas y para ser breve, a poner en evidencia nuestro auto-calificativo de Homo sapiens. Es comprensible que cada país haya tenido sus circunstancias históricas y que de ahí se hayan perfilado unas tendencias de pensamiento político que han llegado a madurar hasta ser lo que son en nuestros días. Sea un factor genético o influenciado, lo cierto es que muchos ciudadanos se decantan más hacia una tendencia política en concreto. Hasta aquí, lo puedo llegar a entender, pero lo que no acabo de digerir es por qué el sistema en sí ya utiliza el término "la oposición" como contraposición a quien ha salido elegido democráticamente. Lo lógico para un sapiens sería utilizar un término más sugerente y eficaz como "la alternativa", dado que parto de la premisa que la mayoría estamos de acuerdo de conseguir el mismo fin de una manera efectiva y a poder ser sin despilfarrar un dinero público. 

No es sorprendente pues que bien metidos en el siglo XXI, muchos Homo sapiens hayan encontrado en las redes sociales su salida de la caverna  y que miles de años después de la edad de la piedra se haya dado con un sistema de congregación multitudinaria que permite reivindicar y desahogarse a la vez bajo el mismo aliento. Manifestaciones públicas ha habido muchas en nuestro país y de diferentes credos, pero el hecho que revueltas sociales como las de 15M parezcan arbolar a priori una bandera en blanco, es algo que sin duda me ha llamado la atención. No es que impresione el número de movilizaciones alcanzado, sino más bien la simpatía que han generado en una gran parte de la población. Sin duda la olla a presión de la crisis, el paro y el panorama político han contribuido a este pequeño estallido y es en caliente como se logran las hazañas. Lo que aún no sabemos es si algo se logrará o seguirá todo igual, pero parece que a partir de ahora a una gran parte del pueblo le ha salido una lengua por donde canalizar un único mensaje de hastío y esto quizás no entraba dentro de los planes de ningún político.