El tiempo es una de
esas variables más fáciles de aceptar pero más difíciles de definir. Para
definir el parámetro tiempo tenemos que contemplar un concepto tan importante
como el movimiento. El espacio y el tiempo es al movimiento lo que un lienzo y
la paleta de colores lo es a un cuadro, un todo interrelacionado que se
necesitan el uno del otro para obtener una expresión de sentido. Sin duda fue
el hombre primitivo el primero en introducir el concepto tiempo en sus vidas. Lejos
de paralelos inhóspitos y fríos, la rotación terrestre marcó la misma duración
para el día y la noche. Del mismo modo, los ciclos lunares marcaron los meses y
la traslación de la tierra alrededor del sol definió los ciclos repetitivos
estacionales y con ellos los años. Nuestros actuales parámetros
temporales tienen por tanto una influencia directa de nuestra estrella más
cercana aunque más tarde los hayamos desmenuzado en segundos. Sin duda que esta
modesta unidad tiene un sentido más biológico-práctico y su origen fue fruto de
particiones ajenas a las masas gravitacionales celestes. Un segundo equivale a
un intervalo que nuestro cerebro puede procesar cómodamente mediante nuestras
conexiones neuronales y se diría que más allá de este umbral biológico,
entramos en dificultad de discernir el intervalo y por lo tanto las fracciones
de segundo las dejamos en manos de la matemática-física.
La subjetividad del
período temporal es tal que sus intervalos se ajustan a nuestros períodos
de longevidad pero son deficientes en medir parámetros cósmicos, tanto que
multitud de galaxias aún están ocultas a nuestros ojos y la luz de muchas de
ellas nunca nos llegará debido al galopante proceso expansivo de nuestro
universo. Pero independientemente de cómo medir el tiempo y de las incontables
unidades planetarias que cabrían ser aplicadas, lo cierto es que la teoría del
tiempo cobra sentido sólo en un sistema donde se dé un movimiento espacial de
eventos y por lo tanto una sucesión de ellos. Se podría decir que en un sistema
con una temperatura cercana al cero absoluto, el tiempo es inexistente debido a
la inmovilidad atómica. Al mismo tiempo, un sistema con un vacío casi absoluto,
se encuentra ante el umbral de la nada y por lo tanto, también carente del
parámetro tiempo. Con esto en mente, sabemos que la temperatura media del universo
viene a ser del orden de -270°C y que la inmensa mayoría del espacio está
sometido a un vacío casi absoluto, por lo tanto me pregunto cuál es el
protagonismo de nuestro ubicuo tiempo en el universo.
Por otra parte, un
movimiento espacial ha de tener siempre un referente. Dentro de una
galaxia, los referentes físicos pueden ser múltiples, pero es fuera de ella
cuando es difícil establecer un referente universal del movimiento. En este sentido
cabría destacar el principio de la relatividad de Einstein cuando describe que
si una persona entrase supuestamente en el horizonte de eventos de un agujero negro,
un observador exterior lo vería como congelado en una fotografía mientras que
la persona que lo está cruzando no percibiría tal efecto, cuando en realidad lo
que se produciría es un desdoblamiento temporal. Pero la pertinaz visión
temporal de la mayoría de los mortales es geo-centrista y bien pudiera
compararse con el movimiento atómico que acontece en el interior de un grano de
arena. Pretender aplicar nuestros rudimentarios conceptos físicos a una
descomunal complejidad dimensional que pueda acontecer al resto de billones de
playas galácticas y mundos desconocidos es, sino una simplificación muy
directa, directamente una frivolidad.
Lo cierto es que
para el hombre el tiempo es como esa carcoma silenciosa, tan solo un humilde
saqueador de vidas y más allá de esta insignificante realidad cósmica, toda
conjetura especulativa temporal sobre el universo es fruto de nuestra
inadvertida narcotización mental con las inherentes limitaciones que acontecen
dentro de nuestro granito de arena.
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