Se dice que todos padecemos esa
enfermedad terminal a la que llaman vida. El camposanto está lleno de vidas, de
vidas muertas. Evitamos mirar más allá del ciprés, pero en realidad ese ciprés
no es más que el solemne marco de ese espejo que muestra un ineludible futuro,
un futuro frío, solitario, inerte,
olvidado. Somos ya vida muerta tapizada por un musgo espeso, luego por líquenes
y más tarde nos diluimos en minerales. Lo que era sangre es ahora savia, savia
que discurre por la saga de cipreses del camposanto, al tiempo que otros
tiernos ojos eluden mirarnos. Es el sino de la vida y paradójicamente vivimos
nuestros preciados segundos ajenos a nuestro inminente futuro, envueltos en
fútiles circunstancias que invaden nuestra pequeña mente.
La mente humana es el agujero
negro de las percepciones; no sólo las adoptamos y atraemos de otras mentes
sino que las tutelamos e incluso las fabricamos de manera masiva a cada segundo
de vida. Un efecto sine qua non de la
inteligencia humana es ser factorías de percepciones. Éstas se impregnan con la
materia pero están inmisciblemente parceladas en un universo paralelo al
material. Tanto el amor como los sueños, las depresiones o sencillamente
nuestra imaginación, forman parte de ese mundo paralelo que gobierna nuestra
voluntad. Pero la reina de las percepciones bien pudiera ser la felicidad. Vivimos
íntimamente ligados al concepto felicidad, lo proyectamos como una sombra vital
que jamás nos abandona pero que rara vez parecemos alcanzar. La felicidad es un
concepto abstracto personalizado,
mutante y neblino que nunca podrá
ser asido en nuestras manos. Decía el escritor americano Thoreau que la
felicidad es como una mariposa a la que intentamos dar caza infructuosamente y
cuando centramos nuestra atención en otras cosas, plácidamente se posa en
nuestro hombro.
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