sábado, 9 de febrero de 2013

NAUFRAGIO UNIVERSAL



Cuando una madre pregunta  a su hijo si quiere carne o pescado para comer ese día, es una sencilla elección. Si la familia consta de dos hijos y la cuestión es ir a la playa o a la montaña un domingo, el único dilema a romper sería como mucho una supuesta división de opiniones, imponiéndose finalmente la voluntad parental. Cuando un profesor somete a votación la fecha de un examen ante sus alumnos, las preguntas del examen no se ven alteradas y serán independientes del resultado de la votación. Cuando un administrador de fincas recaba información para elegir un color de fachada, la decisión de la comunidad de vecinos no marcará el resto de sus vidas. Ahora bien, ¿Qué ocurriría si un general diese a elegir a un millar de soldados rasos estrategias de ataque a seguir en una intervención militar? ¿Someteríamos a votación  entre estudiantes de primer curso de medicina elegir un tratamiento oncológico determinado para un paciente? Se diría que si la consulta es sobre gustos o preferencias, parece razonable formularla, pero si el razonamiento de la respuesta conlleva un componente importante técnico, entonces recurrimos a la experiencia y al máximo conocimiento adquirido para así proceder de una manera que en principio podríamos denominar inteligente.
Las cosas podrían complicarse algo cuando al derecho de elección se incorporan elementos tan íntimos como los sentimientos. Todo el mundo tiene derecho a sentir, a expresarse e incluso a unificarse en base a un sentimiento común. Yo iría más allá y diría que ese sentir se retroalimenta de forma que los sentimientos personales crecen a medida que se multiplican y comparten en un caldo colectivo. No hay más que mirar al fenómeno del fútbol y la agitación de las masas o las religiones y su fervor como fenómeno social de sentimiento colectivo. Es evidente que el mundo de los sentimientos no es ciencia, a veces hasta carece de parámetros de lógica, pero al engendrarse en el corazón, merece el mayor de los respetos y en muchos casos admiración.

La historia está llena de de países que ostentan en su haber conquistas o fragmentaciones geográficas. Al fin y al cabo lo de disputarse la superficie del planeta ha sido un objetivo constante a lo largo de toda nuestra evolución como especie. En toda secesión ha habido partidarios y detractores, activistas y pasotas, monjes y guerreros, pero lo que no me consta es que haya habido un grupo de intelectuales, letrados, tecnócratas o simplemente personas cabales que pongan en cuarentena sus sentimientos y examinen de manera imparcial y fría las ventajas que pudieran ofrecer ambas alternativas, que no son ni más ni menos que la de seguir de alguna forma perteneciendo a un todo con arraigo histórico con sus virtudes y sus defectos o por el contrario emanciparse en solitario en busca de nuevos horizontes de prosperidad. Porque doy por hecho que, banderas aparte, todas y cada una de las fibras que componen el músculo de cualquier ansia emancipadora apuntan a mejorar el dichoso estado de bienestar de la sociedad presente. Si esta decisión, nada trivial por otra parte, se deja en manos de un sentenciador sufragio universal donde el pueblo decide sin más conocimiento que el de la cándida razón que le da el sentir, mucho me temo que del sufragio universal al naufragio universal hay tan solo dos letras de diferencia.

1 comentario:

  1. Si te interesa profundizar más sobre un estado de gobierno que, sustituyendo a la democracia, sea llevado por especialistas en el liderazgo de naciones, lee a Platón. La idea está ahí desde hace siglos pero parece no interesar a los que nos "representan" ahora.

    Otra opción sería cambiar el concepto de democracia tal y como está ahora concebido. En cuyo caso, una lectura de Skinner, con su "Walden II", sería muy interesantes.

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