Desde que
nacemos nos encontramos absorbiendo información de manera compulsiva y cuando
no es por interés o aprendizaje lo hacemos
de manera inadvertida alimentando continuamente nuestro subconsciente.
Cuando la información viene de lo que consideramos fuentes fiables, la
ingerimos como cierta, sin pasar siquiera por nuestro laboratorio mental, un
perpetuo procesador de lógica. Del mismo modo, cuando nuestro laboratorio
mental se ve influenciado por hechos falsos, produce prejuicios. Por otro lado,
cuando la información recibida procede de nuestro entorno cercano se diría que
la diéramos más importancia, quizás fruto de una reminiscencia del instinto de
supervivencia. Nos alarma más un atropello dos calles más abajo que un
demoledor terremoto en China y no digamos ya a la explosión de una supernova,
catalogado éste como el hecho más virulento de nuestro universo.
Pero nosotros
seguimos absorbiendo vida en un alarde de derroche de receptores y de
procesadores automáticos. Millones de sinapsis por segundo garantizan el
funcionamiento de la máquina y es remarcable que somos nosotros quien elegimos
qué motor montar, desde el motor mental más mediocre hasta el más prodigioso.
Claro que no hay un claro referente para clasificar a nuestro motor mental
entre estos dos extremos, pero opino que las mentes que sólo absorben
información están entre las más comunes, mientras que aquellas que también
vierten y crean nueva información son mentes más ávidas contribuyendo así a una
evolución más rápida del ser humano. Podríamos clasificar a las personas de
manera simplista como dadores y tomadores
(givers & takers)
dependiendo del grado de contribución al conocimiento y creatividad vertido a
la sociedad. Cuando un cazador de una tribu amazónica inventa un sistema para
atrapar ranas y se lo enseña a sus hijos, está indudablemente siendo un giver independientemente de que el
sistema transcienda más allá de sus dominios. Cuando un ingeniero suizo,
igualmente afanado en el conocimiento de su arte observa las espinas del fruto
de un cardo y sus propiedades de agarre, nace el velcro, producto con una
trascendencia indiscutible en nuestros días. Ambos personajes serían sin lugar
a dudas givers pero hay una dimensión
de oportunismo que es primordial en la trascendencia de lo novedoso. Un giver visionario no sólo tiene un
espíritu creador sino que tiene también la inquietud de buscar un campo abonado
donde crecer su semilla. Cuanto más avanzan las sociedades en sus tecnologías
de comunicación mayores son las posibilidades de que germine una semilla pero
serán muy pocas las que alcancen a ver la luz del sol.
Are you a giver or a taker?
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